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sábado, 22 de mayo de 2010

Palimpsestos- La Máscara de la Muerte Roja

Theatre of Tragedy- And When He Falleth


El diálogo que está puesto como {male/female} es de



Masque of The Red Death (1964) de Vincent Price




Basada en el conocidísimo cuento


La Máscara de la Muerte Roja- de Edgar Allan Poe

La "Muerte Roja" había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.
Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.

Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.

Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y la paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un color de sangre.

A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.

Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.

Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.

Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.

Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesacion angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.

Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.

-¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!

Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.

Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.

Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caida. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.
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Para los que lo quieran leer en inglés (ya bastante que copié entero la traducción...)
y para los que se quieran bajar la peli (éste es un enlace no comprobado pero fue el único que encontré)

martes, 23 de junio de 2009

Cuento

Necrológicas

La charla
"Where now? Which way?
Dear God, show me."
Your River, My Dying Bride
1993


¿Por qué?
No sé.
Dale.
No sé, de verdad. No sé, una mala idea, supongo. Y un intento de enderezarla. Digamos que tenía ganas de hacerlo y nunca me di cuenta. Es una de las dos cosas de las que me arrepiento, pero con toda mi alma. ¡Qué mal que me sentí!
Y, debiste haberlo sabido. No podés, así nomás.
Por eso te digo: debe ser que siempre tuve ganas de hacerlo y nunca me di cuenta.
Bueno, ¿y qué te contás?
No sé, es medio raro esto. No te rías, en serio te digo. ¡Cómo cambiaste! Antes no te hubieses reído así, me hubieses dicho todo lo pelotudo que fui. Pará de reírte, che!
¡Qué querés, decís que tenías ganas y ahora que estamos acá te quedás callado como un boludo!
¿Sabés a qué me haces acordar? Esa vez que me había peleado por primera vez con Alicia, lo de la foto, ¿te acordás? Que la foto tenía una boca en primer plano y que yo dije que era la boca de la hermana y vos dijiste que cómo no reconocía la boca que tanto había besado. Boludo, no tenés tacto. Y otra vez te me cagas de risa en la cara.
Sí, bueno, ya sé, por eso mismo era mala la idea.
En fin...
Lo que sí extraño es sentarnos a fumar una pipa en el jardín de tu vieja. Hacer anillos de humo como si estuviéramos en la Tierra Media: dos hobbits sentados en las murallas de la devastada Isengard; Fangorn a nuestros pies y un Alsbo Black quemándose en la cazoleta. Que el humo se coloreara con la luz del medio día y le diera forma a eso que no decíamos, palabras hechas de humo deshilachándose en el viento. Realmente extraño eso.
Yo también. Un Muriel en la selva boliviana. Aunque ahora que lo pienso siempre dijiste que el jardín de la vecina estaba más cuidado. Siempre dijiste que el de mi vieja se parecía más al Bosque Viejo, es lindo oírte decir esto: se nota que estás cambiado. Eso es bueno.
¿Por qué?
No sé. ¿Más vino?
Solo un poco, si no, no vuelvo.
Viste que eso fue desde siempre, no importaba si hablábamos o no. Como cuando lo de Eva. Todo el quilombo y te vi y me contaste. Fue buenísimo, como si bajaran el cono del silencio y que el mundo se cayera.
Me acuerdo; hablando de eso ¿que pasó con él?
Hace unos años que no lo veo, pero no es lo que importa. ¿Reparaste en esto que te digo?
Sí, reparé. Siempre fue algo que me gustó a mí también. Hablando de bosques, extraño Los Lobos: el bosque, el mar, los acantilados...
De verdad que sí. Dos guerreros de Gondor entre los Trolls. Fingon y Maedhros esquivando los látigos de Los Señores del Fuego, conquistando Angband... ¿de qué te reís?
¿No será mucho?
Sí, la verdad que sí, ¿no? Pero sabé que te iría a buscar a Thangorodrim si me tocara.
Lo sé, no te preocupes; por eso estamos ahora acá. Contame de la vez que me viste en ese colectivo.
¿Qué querés que te diga? Te vi desde un bondi, iba para la facultad, en el 104. Iba estudiando, con la cabeza metida en el apunte, llegando a Acoyte levanté la cabeza porque no daba más, y te vi... o era otro tipo, la verdad que nunca le vi la cara.
...
Es eso solo, ¡en serio!... ¿querés que te diga que se me subió el corazón a la boca? ¿que se me secó la garganta, que tenía ganas de gritarle a esa nuca que estaba en otro colectivo?
Disculpame, tenés razón.
¿Y dónde estamos, hablando de todo un poco?
Ni idea.
Vos estás bien donde estás, ¿no?
Maso, sabés que estoy podrido. No te rías, sabés que es así.
Mejoraste tu sentido del humor, y eso es bueno. Te gané, entonces: duermo tranquilo y con las patas afuera de la cama.
Sí, en ese sentido tenés razón. Pero no dije cuándo.
Mejoraste tu sentido del humor...
Te soñé un par de veces también: que te buscaba por todos lados y te encontraba en una casa en el norte. Y cuando te iba a ver me decías que estabas bien, que no me preocupara más.
...
Estoy soñando, ¿no?
O yo soñándote a vos, ¿quién sabe? Tal vez, nos estemos soñando mutuamente, juntos en la danza cósmica, volviendo a la materia primaria del universo... ¿de qué te reís?
¿No será mucho?
Sí, puede ser. Pero, nada se pierde, todo se transforma, ¿no? Entonces nunca me fui, nunca morí; nunca viví, nunca nos acostamos para estar soñando esto...
¿Y entonces?
No sé. Vos deberías decirme a mí.
¿Yo? ¿Por qué?
No sé. Vos querías hablarme. No importa, no estás durmiendo, pero es hora de que te despiertes. Nos vemos, espero.
La última: ¿Por qué?
No sé.

sábado, 6 de junio de 2009

litlle latin lovers

Ursuli verba cano!
Ursuli verba cano!
Non curo, cadetne nix an ros
Dum favum masticat meum os
Dum os meum mellis plenum est
Omne coelum amoenum est.

martes, 19 de mayo de 2009

Cuento

Necrológicas
La despedida

Y es al final cuando me cae una lágrima, una sola. Una por cada mejilla. Una por cada mañana en que me desperté con tu mirada tibia en el sol del invierno. Una por cada beso. Una por cada sonrisa, una por cada silencio. Una porque lo elijo. Una por cada vez que me dijiste que me amabas. Una por cada comida en la que te miraba, sin que te dieras cuenta, y me daba cuenta lo hermosa que sos. Una por cada vez que volvía al calor de tu cuerpo. Una por cada palabra de aliento y una por cada vez que me quedaba sin. Una por cada paso que dimos, charlando de cualquier cosa. Una por cada lágrima que secaste. Una por cada abrazo. Una porque el alma se me parte. Una por cada vez que me acompañaste cuando, solo, caminaba. Una por cada vez que veo a los chicos jugar. Una por cada año que planeamos juntos. Una por si llegara a ser verdad. Una por vos, una por mí.

martes, 12 de mayo de 2009

La caja de Gran hermano

La sala de profesores, en el noveno piso: ¿llegó Gran Hermano al JVG
Lo que pasó esta semana

¿Ablativo en "e" o en "i"?

de Hebe Uhart

El profesor Bosset estaba cansado de enseñar latín. No estaba cansado del idioma en sí; había ido a España últimamente y había visto el "alta fagus" mencionado por Propercio, pero tenía setenta años y hacía cuarenta que enseñaba latín. Había un rigor, una contracción al estudio que los estudiantes iban perdiendo progresivamente; pero sobre todo, en los diez últimos años, ha¬bían ocurrido fenómenos nuevos en cuanto al aprendi¬zaje; no sólo los alumnos tenían dificultades en el apren¬dizaje del idioma; eso había sucedido siempre; ahora sucedía que los alumnos creían que un texto latino podía traer cualquier cosa; eso significaba que los alumnos no tenían la menor conciencia histórica y tampoco astucia y sensatez para darse cuenta de qué oraciones puede elegir un autor de textos para uso escolar.

Las frases que debían traducir, al comienzo de los estudios, eran de este tipo:

“Las hijas de los marineros les dan una corona de flo¬res a los hijos de los agricultores”.

“Oh, sierva diligente, prepara la comida para la buena señora”.

“Oh, agricultor, no mates esa paloma con tu flecha”.

En general, hasta aquí, el aprendizaje no presentaba dificultades. La verdad es que comentarios, tampoco. Nadie comentaba nada de las siervas, de los marineros ni de las hijas de los agricultores ¡Quién sabe dónde estarían!

Pero en segundo año había lecturas más amenas.

Una de ellas contaba cómo Flavio emprendió un viaje a la ciudad de Roma y vio todos los hermosos mo¬numentos y las construcciones notables que en ella había. La lectura termina así: “Flavio quedó impresiona¬do por la belleza de la ciudad”. Una alumna, en un exa men, tradujo así: “Toda la ciudad quedó impresionada por la belleza de Flavio”, y en vez de traducir “Flavio miraba todo” ella tradujo: “Todos lo miraban”.

El error más grave de esa alumna no consistía en la equivocación al traducir: consistía en que no tenía la menor noción de lo que puede ir en un libro de latín. Al profesor Bosset le pareció curiosa la traducción y cuando leyó eso dijo en tono histriónico:

–¡Qué curioso! ¡Qué curioso!

Pero a la señorita Danton no le pareció curioso; le pareció abominable. La señorita Danton formaba mesa de examen con el profesor Bosset y con su amiga y cole¬ ga más calificada aún que ella, la señorita Suárez. L a señorita Danton le gritó a la chica y la mandó a sentar; le dijo que no abriera más la boca.

La chica, ahí sentada, parecía que no iba a abrir la boca en su vida.

En cuanto al profesor Bosset, las dos profesoras pensaban que era un hombre abandonado, una especie de excéntrico que echaba por tierra todos los esfuer¬zos que ellas emprendían en pos de la enseñanza del latín. El profesor era director del departamento; él debía, convocar reuniones para el mejoramiento de la enseñanza, pero siempre las postergaba. Durante una semana, la señorita Danton lo corrió por los larguí¬ simos pasillos del colegio para obtener siquiera una reu¬ nión, aunque fuera breve, para plantear algunos proble¬ mas. El profesor Bosset decía:

– Mañana.

Siempre cordial, amable, decía: “Mañana, mi estima¬da señorita”. El le preguntaba a la señorita Danton cómo le había ido de vacaciones y qué tal andaban esos alumnos, como si fueran pícaros que la hacían renegar y a ella ese tono de voz le daba tanta rabia que la dejaba inmovilizada. Solo podía decir: “Quisiera una reunión para...” “¡Ah!” decía el profesor Bosset con entusias¬mo renovado, como si lo hubiera tenido en cuenta pero motivos misteriosos le impidieran hacerlo. Con una son¬risa la decía:

–Mañana.

La señorita Danton iba llena de furia a comentarle a su colega, la profesora Suárez, que el profesor Bosset era un cretino; la señorita Suárez no quería que le comentaran cosas obvias, ella jamás iba a pedirle una reunión al profesor Bosset.

La señorita Danton, llena de ira, anotaba en un cua¬derno todas las promesas incumplidas del profesor Bosset y también otros incumplimientos, como por ejemplo la vez que el profesor no tenía llave del salón de los mapas y la vez que hizo lo incalificable: el profesor Bosset arrancó dos hojas del libro de actas foliado y rubricado y pasó el contenido de esas hojas a otras. Eso fue tan terrible que la señorita Danton no creyó oportuno decirle nada, ni que hizo mal, ni nada. El concepto de las dos respecto del profesor se podía me¬dir por este episodio: antes del hecho sucedido con el libro de actas y después. Este hecho fue tan incalifi¬cable, que motivó el distanciamiento total de las dos. La señorita Danton decía:

–De él se puede esperar cualquier cosa. ´

La señorita Danton era alta y flaca; hubiera sido un caballero buen mozo del siglo XVIII. Recogía su pelo medio canoso con una hebilla y sus facciones eran pro¬minentes y esfumadas a la vez; tenía algo de cabra, algo de ave, sobre todo los ojos que eran brillantes como los de los pajaritos. Pero el pelo semicanoso esfumaba esa nariz y todos los rasgos. La señorita Danton empezó a comentar con otros profesores de latín el colmo que era el profesor Bosset; pero no podía emprender una acción conjunta con ellos porque ellos no eran personas muy consagradas al latín. Algo enseñarían, sí, pero vaya a saber qué nebulosas enseñaban.

De modo que la única colega a la que le tenía confianza era a la señorita Suárez, su amiga. Pero la señorita Suárez era una persona que había aprendido a no pedir peras al olmo; además sabía actuar sola en el momento preciso. Cuando la señorita Danton habló pestes del profesor Bosset delante de los otros profesorcitos de latín, uno de ellos dijo:

–Una, vez que tomé examen con él, le dijo a un alumno:

“Un ablativo en `e´ o en `i´

después de veinte años no nos importa

ni a ti ni a mí”

– ¡Qué increíble! –dijo la señorita Danton y ella tenía ganas de hacer un petitorio a las autori dades; porque se empieza confundiendo un ablativo, después se sigue con el mal uso del acusativo, ni qué hablar de la confusión que se puede armar con los fal¬sos imparisílabos. Nunca se atrevió “él” a decir seme¬jante cosa delante de “ellas”.

Ya se acercaba la fecha de exámenes. La señorita Danton y la señorita Suárez debían formar mesa examinadora con el profesor Bosset. Debían ser cuidado¬sas en el trato con él porque iban a presentar una queja a las autoridades. Era un día de otoño, de vientito fresco, de esos que predispone a buenos pensamientos e intenciones. Después de hablar largamente sobre el profesor Bosset, la señorita Danton, con voz de duda y como quien no quiere la cosa, le dijo a la señorita Suárez:

–¿No tendrá problemas en su casa?

La señorita Suárez sonrió sin decir nada. Esa sonrisa quería decir “no seas ingenua”.

Había en general dos teorías respecto de los pro¬blemas en la casa: una, que los problemas de la casa no se trasladan a la escuela, y otra, que el hombre es un continuum, una totalidad y por lo tanto no puede ser di¬vidido en compartimentos estancos. Y por último esta¬ban los súcubos e íncubos que no tenían casa o si la tenían, a eso no se le podía llamar casa, o tampoco tenían familia y si la tenían, a eso no se le podía llamar familia.

Y esta vez solo había tres alumnos para examinar.

–¡Tres nada más! ¡Han mandado tres nada más! –dijo la señorita Danton–. ¿Vos no mandaste?

–Sí –dijo la señorita Suárez–. Mandé estos tres. Fue una división muy capaz.

–Entonces –dijo la señorita Danton–, “él” no mandó a nadie.

Justo apareció “él”.

–Buen día, queridas señoritas. ¿Cómo han pasado las vacaciones?

–Buen día, profesor. ¿No hay ningún alumno suyo, verdad?

– No señorita, este año han trabajado maravillosamen te, si usted viera...

–Perfecto –dijo la señorita Suárez–. Eso queríamos saber. Y se pusieron a hacer las planillas. –Fui a España –dijo el profesor Bosset–. Y vi la “alta fagus”. Y recitó: “Alta fagumque,descendit submare trans oris Cuspide nuda, albis capellis". La señorita Danton se concentró en su planilla y en¬ rojeció; no levantó la vista. La señorita Suárez le dijo: –¡Qué bien! Siéntese, profesor. El se sentó, siempre animoso y pasó el primer alum¬no a examinar. Era una alumna, Marisa Gamora. Marisa parecía

despierta, sin pasarse de viva y parecía eficaz. Era una chica a la que uno instintivamente hubiera enviado a buscar un mapa entre muchos, y seguro lo traía. Además había algo de neto, limpio, en su aspecto y per¬sona: no despertaba ningún sentimiento profundo ni conflictivo; ni protección, ni bronca ni pena. Era una alumna confortable. Marisa empezó a declinar correc¬tamente, dijo los verbos con modosura, equivocándose por supuesto muy de vez en cuando en el acento de alguno y rectificando diligentemente ella misma cuando la profesora la corregía. Su traducción no era brillante, pero no había puesto ningún disparate.

La señorita Danton le dijo: –¿Y por qué te fuiste a examen? En primer año eras muy buena alumna. Marisa esbozó una sonrisita de circunstancia, agradable, como que ella no sabía y se mantuvo reticente y amable. El

profesor Bosset había adquirido una nueva costumbre: cuando Marisa decía un tiempo de verbo, al terminar, él decía: –¡Pero muy bien! ¡Pero muy bien! –Y cuando Marisa declinó “El buen cónsul” en singu lar y plural, el profesor Bosset volvió a repetir: –¡Pero vean qué bien! Como si se tratara de algo asombroso. La señorita Danton le echó una mirada terrible y él salió a ver si encontraba en otra aula de examen a un viejo colega que

había estado enfermo. Cuando él se fue, la señorita Danton le dijo a la señorita Suárez: –Marisa tuvo problemas en la casa. La madre es una loca. Por el tono de voz con que había dicho “loca”, la señorita Suárez sabía de qué locura se trataba. No era loca de la

cabeza, sino de otro lado. El segundo alumno era Martín Pertierra. De aspecto tranquilo, muy lindo chico. Un poquito sobrealimentado. Era demasiado lindo; iba a tener que demostrar que ha¬bía prestado tanta atención al latín como al jopo, por lo menos. El tradujo bien la fábula “La mosca vanido¬sa”. La mosca vanidosa se posaba en todos lados; ora en la cabeza de un pelado, ora en el altar de los dioses, ora en la mesa de los grandes festines. Se sentía dueña de todo y se lucía delante de la hormiga y la hormiga le dijo: “Yo soy dueña de lo mío, en cambio tú eres sierva porque te echan a servilletazos”. Entonces la mos¬ca vanidosa se mareó de tristeza y fue a caer a una va¬sija llena de merda. Martín tradujo todo bien, pero erró en el lugar donde cayó la mosca. Erró porque pensó que eso no correspondía a una versión latina. Entonces puso que la mosca cayó en una vasija de cobre. Por suer¬te y con ayuda de la señorita Suárez, se dio cuenta de dónde cayó la mosca, Dios lo ayudó, porque ya le estaban preguntando cómo buscaba él en el diccionario; y a cierta altura, la Srta.

Danton empezó a pensar que el pelo de Martín estaba demasiado bien lavado y tenía unos reflejos dorados dentro del rubio, bien, podría ser del sol o de la playa. Cuando volvió el profesor Bosset de su visita, la Srta. Danton le dijo: –Profesor, tradujo bien “La mosca vanidosa” y declinó “La abeja diligente”. Lo aprobamos. –Señoritas –dijo–, no tengo nada que decir. Todo está en buenas manos.

El profesor Bosset se sentó; vino el cafetero y trajo café para todos. Y después del café vino el tercer alumno, Serafín Piana. –Acá estás mal anotado –dijo la Srta. Danton cote¬jando la lista con el documento, como si Serafín hubiera hecho la lista. –Acá dice Plana. –Es Piana –dijo Serafín con una voz que estaba cam¬biando.

Todos sabemos lo que es un cambio de voz en los adolescentes, pero esta voz estaba en carne viva. Cuando dijo Piana, sonrió con una risa abierta, confiada en la bondad humana y como era muy flaquito, los dientes parecían grandes y un poquito salidos. Tenía un tórax muy estrecho y el pecho poco desarrollado, y una acti¬tud tan tensa y expectante, que parecía que el desarrollo de su pecho dependía de él. Había tratado de dar la me¬jor impresión posible, y eso se veía en su pelo y en su saco. Se había cortado muy corto el pelo, según las nor¬mas del colegio, pero como era un cabello de rulitos tomados, tenía zonas de la cabeza que recordaban un monte devastado. El saco azul estaba recientemente lavado, pero tan lavado, que había virado a un violeta-¬lila. Uno se imaginaba, al ver ese saco de ese color y esa sonrisa tan confiada, dos cosas: o que Serafín había estado bajo la lluvia dos días seguidos, o que se había arrojado alegremente dentro de una gran fuente de ensalada de fruta, por ejemplo, para después tomarse el trabajo de limpiar el saco, posiblemente él, pero con¬tento, porque su placer se lo dio, con los resultados a la vista.

Parado frente a la mesa, miraba confiadamente, mien¬tras se retorcía las manos apoyándolas sobre el escritorio.

–Deje las manos en paz –dijo la Srta. Danton.

Apoyó entonces sus largas manos huesudas entre¬ lazándolas y miró mansamente, esperando.

–Decline “La cigüeña veloz”.

–¿Cómo se dice “cigüeña”, por favor? Yo falté el día que enseñaron eso.

“Faltó” –pensó la Srta. Danton.– “Seguro que para hacer alguna incoherencia o estupidez”.

Empezó a declinar bien, porque había estudiado mucho. El profesor Bosset, siguiendo la moda que ha¬ bía adquirido últimamente, le decía:

– ¡Pero, querido amigo, muy bien, muy bien! Como si esos conocimientos fueran asombrosos, Serafín apoyaba sus ojos en los del profesor. Cuando llegó al ablativo, se equivocó. Acá es preciso hacer una digresión. Acertar con un ablativo o acentuar debida¬ mente una palabra en latín tiene que ver con los cono cimientos teóricos, pero además con los buenos y sensatos pálpitos. Y los pálpitos

sensatos conducen en la vida a soluciones correctas y ponderadas de los problemas. Serafín seguía mirando con sus ojos bondadosos; lo miró al viejo profesor y éste dijo: –Querido amiguito: Un ablativo en "e" o en "i" después de veinte años no nos importa ni a ti ni a mí. ¡Para qué lo habrá dicho! Sérafín se rió, pero su risa era un poco descontrolada, sus ojos reían y miraba al viejo con

alegría de carenciado. La señorita Danton se puso roja; no podía hablar. Entonces empezó a preguntar con toda calma la

señorita Suárez. La señorita Suárez empezó a meterlo en honduras. Cuando el profosor Bosset vio que le preguntaban el verbo fere, fes, ferre, tuli, latum, dijo:

–Disculpen, señoritas, debo ir a secretaría. Se fue a tomar un poco de aire porque hacía mucho calor. Cuando Serafín vio que el viejo profesor se iba, lo siguió con la mirada hasta la puerta y se desconcentró de su objetivo: el verbo fero, fes, ferre, tuli, latum. Ese verbo es absolutamente

caprichoso e irregular, pero de un modo singular; dentro de lo caprichoso, tiene una perfecta coherencia. Serafín recordó que era irregular y sonrió con alivio, como si ya estuviera todo dicho; dijo:

–Es irregular. El pensaba que ese verbo, con ese enunciado tan volandero, era una curiosidad lingüística, algo absolutamente incontrolable.

–Conjúgalo –dijo la señorita Suárez en tono suave y alentador.

El no dijo nada. Se quedó quieto, callado y los ojos se le humedecieron apenas. Ejércitos de personas sabían conjugar el verbo fero, él no. Volvió el profesor Bosset, y Serafín lo miró con una última esperanza. Pero la señorita Danton comunicó: –No sabe los verbos irregulares. No podemos permitir que pasen sin saber los verbos irregulares. El profesor Bosset dijo rápidamente: –Ah, no, no, no, estoy de acuerdo con usted, señorita, no, no, no, no. Esto lo dijo en ese tono histriónico que últimamente solía usar. Entonces Serafín aprendió, además de que el verbo fero

se conjuga pese a ser irregular; aprendió que él era un desdichado, una especie de hoja en la tormenta. Lo aplazaron. El profesor Bosset se jubiló y lee a Hora¬cio debajo de la parra mientras mira de tanto en tanto el hormiguero. En cuanto a las señoritas, siguen enseñando latín.


domingo, 2 de noviembre de 2008

Orgullo Nerd

Ascensor. El tipo codeó a su compañero y dijo como quien no quiere la cosa:
-¿Sabés?, el mío, el más chiquito -que tiene tres-, ya maneja los modos en periodos prolongados.-
-Sí- dijo el otro- mi sobrino, que es más chiquito, ya habla como grande; solo tiene problemas en la subordinación con pronombres relativos-
-mirá vos...-dijo el otro.
Los dos asintieron sonriendo hasta que se abrió la puerta y siguieron viaje mandándose saludos a las respectivas familias.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Cuento

Necrológicas
El Asesino

La cerradura estaba en reposo, invisible para el mundo. Nadie nota una cerradura, a menos que se quiera mirar para adentro o esté cerrada. Ahí estaba, inmóvil, esperando que alguien apoyara el ojo y viera en el otro mundo, cuando se estremeció, agitada, por la violencia con la que fue metida la llave.
Giró, una y otra vez, hasta que al fin la puerta cedió y entró corriendo. El empujón la hizo sonar violentamente y la cerradura se estremeció. No había tiempo para perder, estaba sobre sus talones.
La pistola.
Corrió hacia la pieza: en su dormitorio, en la mesita de luz, estaba la pistola. No se iba a dejar agarrar. Abrió el cajón de arriba. Ninguna pistola. Lo revoleó contra la pared y el cajón se desarmó ruidosamente. El de abajo, una biblia y un paquete de cigarrillos que se guardó apresuradamente en el bolsillo, ninguna pistola. Miró al armario y en seguida, hacia la puerta de la habitación. No se decidía a moverse y sabía que el tiempo se le estaba escurriendo como la arena entre las manos. Intentó un movimiento hacia el armario pero se detuvo al mirar la puerta. “¡La puta madre!” gritó con bronca mientras se quedaba inmóvil a medio camino.
Volvió sobre el cajón, sabía que no había nada pero la sensación de tener una cama entre ellos y la posición, le daba más seguridad. Jadeaba. Al darse cuenta lo estúpido que se veía, se levantó de un salto y pateó la mesita de luz, partiendo el último cajón en dos. Saltó por sobre la cama y cayó parado frente al armario. Sus pulmones repartían el aire entre la respiración agitada y una salmodia ininterrumpida de insultos, en cualquier momento colapsaría. Pero ésto se tenía que terminar. El armario abrió sus fauces y le escupió todo su aliento a naftalina encima. La percha, como la campanilla de esa boca desdentada de ropa, se movía de un lado al otro riéndose. Se le escapó una puteada al mismo momento en el que se le asomaba una lágrima. Se metió adentro, revolvió entre los papeles desordenados que había sobre el piso del armario, abrió los dos cajones del interior, tiró al piso las cosas que había en los estantes de arriba. ¡Mierda! Ninguna pistola.
-Tranquilo, tranquilo...- decía mientras trataba de ordenar la actividad de sus pulmones, dificultada por la naftalina -tranquilo... respirá...- y se iban encadenando en su mente, los hechos que lo llevaron hasta esa situación: el fraude, el engaño, la mentira; la traición en una palabra. Y se había metido con el tipo equivocado. Es verdad, pero uno no siempre lo sabe, uno nunca conoce a la gente lo suficiente. ¿¡Cómo iba a saber que era su esposa?! ¡¿Y cómo, por el amor de Dios, cómo iba a saber que el desquiciado la iba a matar?! En fin, uno nunca termina de conocer a la gente. La verdad, nunca se imaginó que el tipo fuera un desquiciado, un psicótico, un homicida; y mucho menos que estuviese tras de sí.
Un cuchillo.
Corrió hacia la cocina. El departamento no era muy grande, sin embargo esos pocos metros se le estiraron de sobremanera frente a la puerta de entrada. Estaba tardando mucho en llegar, de hecho ya tendría que estar ahí. Pero no, y soltó un suspiro cuando al pasar no lo vio. La cocina. Abrió todos los cajones sin encontrar nada más grande que un puto tramontina. Abrió el horno como si ahí pudiese esconder algún arma secreta e infalible contra locos homicidas y se dio cuenta de que la cabeza no le estaba funcionando bien. Cerró la puerta del horno con un estruendo que fue más alto que el volumen de su puteada. Si quería salir de esto, tendría que recomponerse. Buscó en los cajones de atrás suyo. Revolvió todos pero nada serviría como arma contra ese asesino psicópata que venía a matarlo. No quedaba otra: se escondió un tramontina en la manga.
La puerta.
Atravesó el living cuando por el rabillo del ojo vio una sombra. El cuerpo todo reaccionó contrayendo los músculos apropiados para que el salto lo alejara perfectamente de aquella imagen aunque sin poder calcular la caída, su cuerpo flacucho fue a dar contra el sillón, al que pasó por arriba, cayendo de nariz contra el piso. Estaba paralizado. Su respiración se entrecortaba cada vez más. Las manos le sudaban y el cerebro no atinaba a dar una orden coherente. No sabría decir cuánto tiempo estuvo ahí tendido boca abajo sobre sus codos, esperando que la acción empezara más allá de que el tiempo pasaba con una velocidad increíble. Se puso las bolas en su lugar y se levantó poniéndole el pecho a la muerte. Pero en vez de la muerte se encontró con un espejo. “Hubiera jurado que estaba ahí, dentro o fuera del espejo, ya no me importa -y de verdad no le importaba-, pero ahí”. Lo que más le había molestado desde el principio era esa falta de asidero que habían tenido las cosas: era como si le hubieran pasado por encima. Nunca tuvo una real percepción de los hechos hasta que no los tuvo encima; y eso que él era un tipo precavido y planificador. Miró a su alrededor con los ojos desencajados, el comedor en desorden pero sin ninguna amenaza, las cosas estaban en su lugar. O al menos así lo podía ver él. La puerta.
Aunque parecía cerrada, corrió hacia ella desesperadamente pero se frenó en seco al escuchar el chasquido de la corredera y sin poder mantener el equilibrio, se fue de ñata al piso. Ahí empezó a llorar.
-No lo entiendo- dijo el asesino sosteniendo el arma. El otro estaba tendido en el piso, sollozando- Ahora te da por llorar. Hasta hace poco eras el gran machote: te cogías a mi mujer, hundías el negocio que teníamos juntos y me entregabas para que me colgaran de las bolas; y ahora te da por llorar...-
La única respuesta fue el sollozar pueril de un hombre maduro. Ningún cuadro podría dar más lástima que ver mordiendo el polvo a los que, antes, en bienaventuranza, nos miraron desde arriba, impertérritos de su suerte, y ahora gimen con la misma pasión con cuanta indiferencia nos trataron antes.
-Pensar que confiaba en vos- su voz sonaba acerada, fría y con un dejo de asco.
Mientras el otro suflaba los mocos en la alfombra, éste se acercaba caminando con parsimonia. Sabía que la situación estaba en sus manos.
-No quise...- la barbilla le temblaba y las palabras salían entrecortadas -no sabía que...- el culatazo partió su mejilla, interrumpiendo la disculpa por demás inútil. El impacto del golpe lo aplastó de nuevo contra el piso para que su mano lo levantara con una fuerza increíble por sobre el sillón y contra la mesita ratona que saltó en esquirlas. Los vidrios se le incrustaron en todo el cuerpo; se sentía como cuando se te duerme una pierna y algún gracioso te pega palmadas. Las astillas de madera, por millones clavadas en sus hijares, hacen que el esfuerzo se centre en respirar y contenga la puteada que le queda a flor de labios.
Rodeó el sillón de tres cuerpos, manchado, ya, con sangre y se sentó, frente a ese, en uno de un cuerpo cubierto con una tela color maíz. Se movía con tranquilidad. Ya lo había meditado lo suficiente y matarlo involucraba un precio desmesurado. Ya lo había meditado lo suficiente. Desde ese mullido lugar, ahora lo veía arrastrarse escupiendo vidrios ensangrentados. Aunque con dolor, le complacía verlo así. Pero la sonrisa se le borró antes de aparecerle en los labios al pensar porqué había llegado a decidirlo.
Se enteró por esos detalles que sólo un esposo amante y compañero puede percibir: una mala excusa en un comentario que nadie pidió y no venía al caso, un tono de rush que nunca usó, perfumes y canturreos matinales y sexo más seguido, aunque cueste creerlo. Se enteró por eso o por haberlos encontrado en su propia cama, jadeantes uno sobre el otro, tirando la casa abajo; para el caso es lo mismo. Se frenó en la puerta y se quedó hasta que con un grito agudo y ronco, ella bajó las piernas. Cerró los ojos y respiró profundamente. Bajó la escalera con clama y salió dejando la puerta de calle abierta. Su mente estaba suspendida, en blanco.
Esperó a que él se fuera y volvió a entrar con tranquilidad. Subió la escalera, ella estaba en la ducha, limpiando la escena del crimen. Agarró la pistola del cajón de la mesita y se sentó en la cama. No lloraba. El reflejo plateado y frío de la pistola lo tranquilizaba, como quien ve la luz de un faro en la tormenta. La muy puta cantaba. Abrió la puerta con delicadeza y la vio a través de la cortina: se estaba enjuagando la cabeza. Apuntó y disparó. La envolvió en el protector de la cortina y la sacó al jardín. No necesitaría un pozo muy profundo, esto terminaría pronto.
Tal vez si no se hubiera percatado del fraude, lo habría tomado de otra forma. Su socio, ese que ahora estaba boca arriba con la cara ensangrentada y jadeando, era un mujeriego perdido. Nunca le habría molestado eso. Pero cruzó el límite: primero endeudarse hasta el picaporte; después, lo de su esposa. Había tomado casos muy delicados sin haberles dedicado el tiempo o la atención necesarios. Representar a uno de los barrabravas más pesados de la escena futbolística traería sus consecuencias si perdían. Y perdieron. Y por su afición a las mujeres. De casualidad, por un llamado del banco, cayó en la cuenta de que lo había estado engañando y que ahora debía más de lo que podría haber juntado en tres vidas; y con esta gente no se jode. El apriete ese que lo tuvo unos cuantos días en cama, fue la mejor prueba de ello. Y todo porque se los confundieron, como siempre: ¡dos gotas de agua dijeron!¡Matones ciegos e inútiles, si eran tan distintos como el día y la noche! En fin, siempre hay una gota, no importa cuantas caigan, que rompe el equilibrio.

-¿A dónde querés llegar?- dijo desde el sillón doblando la cintura, reclinándose hacia adelante- Ya no tenés a donde ir.- y abrió los ojos más que de costumbre, frunciendo la boca, mirando a la nada. Mientras el otro se debatía entre coágulos y dientes sobre lo que ahora parecía más una pintura surrealista que una alfombra, éste se le acercó hasta ponerse en cuclillas a su lado. Se miró en el espejo y sonrió para él-¿Te pensaste que no me iba a dar cuenta? ¿Que iba a quedarme mirando mientras la cagabas? ¡¿A lo único que me importó en la vida?! Me tenías cansado, él, el gran Don Juan... es increíble que no te diera vergüenza: usando a esas chicas, prostituyéndolas. Para nada. Las engañabas para nada. ¿Para que puedas verte al espejo como el gran semental!?... mirate ahora, estúpido. Harto estaba ya de verte, siempre igual. Harto estaba ya de escuchar tus historias- la escupida llena de flema y asco, se le pegó en la cara.- Pero con ella...ella- no podía encontrar las palabras. Quería hacer esto calmado y el fuego que le ardía en el vientre, empezaba a impedírselo.- Las primeras veces, creí que podría soportarlo y sentado en el auto me decía que no podía ser, que duraría poco. Pero te engolosinaste.- El otro quiso hablar, había empezado a recomponerse, pero un nuevo puñetazo lo hizo callar.- Te encantaba. Pero me asqueaba ver cómo la convertías en esas trolas que tanto te gustan, cómo la convertías en un pedazo de carne. Me daba rabia ver como la habías ensuciado. Fue mucho para mí: demasiado tiempo verte haciéndonos mal.
Se dio vuelta lentamente para volver al sillón, y el otro con un movimiento rápido de su brazo, le clavó el cuchillo en la pantorrilla.
La sorpresa dejó escapar un tiro y gritando cayó de rodillas. El otro, desesperado, arrancó el cuchillo de la pierna y se le echó encima. Forcejearon. Sonó otro tiro y el espejo veía al cuchillo subir y bajar sobre los dos cuerpos. Se separaron, respirando agitados. La sangre teñía la alfombra, la pistola había quedado a un costado. A pesar de la pantorrilla y de las heridas en la espalda, logró arrastrarse hasta la pared, frente al espejo. Se miró. Lo miró al otro, casi muerto boca arriba, casi igual que él. Su respiración era arrítmica y se agarraba la ingle con fuerza tratando de impedir que la vida se le fuera con la sangre. Podía ver su cara, así, de frente y tras sacar con dificultad un cigarrillo y prenderlo, se quedó un buen rato mirándolo, y al espejo. Esto debía terminar. Miró profundamente sus ojos, apoyó el caño de la pistola en su sien y disparó.
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viernes, 3 de octubre de 2008

más "socialización"

Todo lo contrario
Mario Benedetti

-Veamos –dijo el profesor-. ¿Alguno de ustedes sabe qué es lo contrario de IN?
-OUT – respondió prestamente un alumno.
-No es obligatorio pensar en inglés. En Español, lo contrario de IN (como prefijo privativo, claro) suele ser la misma palabra, pero sin esa sílaba.
-Sí, ya sé: insensato y sensato, indócil y dócil, ¿no?
-Parcialmente correcto. No olvide, muchacho, que lo contrario del invierno no es el vierno sino el verano.
-No se burle, profesor.
-Vamos a ver. ¿Sería capaz de formar una frase, más o menos coherente, con palabras que, si son despojadas del prefijo IN, no confirman la ortodoxia gramatical?
-Probaré, profesor: “Aquel dividuo memorizó sus cógnitas, se sintió fulgente pero dómito, hizo ventario de las famias con que tanto lo habían cordiado, y aunque se resignó a mantenerse cólume, así y todo en las noches padecía de somnio, ya que le preocupaban la flación y su cremento.”
-Sulso pero pecable –admitió sin euforia el profesor.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Lingüistas

Tras la cerrada ovación que puso término a la sesión plenaria del Congreso Internacional de Lingüística y Afines, la hermosa taquígrafa recogió sus lápices y papeles y se dirigió hacia la salida abriéndose paso entre un centenar de lingüistas, filólogos, semiólogos, críticos estructuralistas y desconstruccionistas, todos los cuales siguieron su garboso desplazamiento con una admiración rayana en la glosemática.
De pronto las diversas acuñaciones cerebrales adquirieron vigencia fónica:
¡Qué sintagma!
¡Qué polisemia!
¡Qué significante!
¡Qué diacronía!
¡Qué exemplar ceterorum!
¡Qué Zungenspitze!
¡Qué morfema!
La hermosa taquígrafa desfiló impertérrita y adusta entre aquella selva de fonemas.
Sólo se la vio sonreír, halagada y tal vez vulnerable, cuando el joven ordenanza, antes de abrirle la puerta, murmuró casi en su oído: ''Cosita linda".

Mario Benedetti

viernes, 29 de agosto de 2008

Cuento

Necrológicas

El Pozo

No sé cómo dieron conmigo. Tengo el cuerpo dolorido: es como si pudieran aprovechar cada centímetro, cada poro, para inflingirte dolor. Y hacen su trabajo con una maestría tan sutil que parece que le dedicaron la vida a esto. Pero tengo que ser fuerte, no me van a poder quebrar, no voy a traer a otro acá. Ya bastante con que te hayan traído a vos por mi culpa.
Estoy en el pozo. La luz misma entra inmunda ensuciando lo que se le pone a su alcance: las paredes y yo, lo único que hay en este agujero. No sé cómo dieron conmigo.
Escucho los pasos en la puerta y espío por las rendijas, tus pies se mueven cadenciosos y resignados. Y murmurarte tranquilidad me cuesta una costilla que se quiebra bajo el bastón del mismo que manejaba el auto que nos trajo hasta acá; pero, como si no me escucharas, seguís caminando hacia lo indecible, abrasándote el vientre sin amor ni llanto. Una mueca: el recuerdo de un algo que ya no tiene sentido. Adivino los moretones en tus ojos, imagino la sangre seca de tus labios, intuyo tus heridas pero el reflejo gris de tu rostro me quiebra como no me quebraron estos cagones. Tu espíritu marchito da la sentencia que tus ojos apagados, fijos en mí, ejecutan sin mirarme. Y enmudezco. Ya no puedo articular palabra. Repaso una y otra y otra y otra vez la escena y por fin la entiendo. Y muero. Pero este lugar tiene esa particularidad, nadie muere hasta que no se lo ha quebrado, hasta que no se le ha arrancado de raíz el espíritu, hasta que no queda reducido a la nada misma, a una sombra.
Los días pasan y las sesiones de tortura se intercalan en un ritmo caótico. Y nada sale de mi boca. Una fina plancha de metal se cuela por debajo de mi uña. Pero de mi cabeza, nada. La bolsa me sofoca, asfixia ardiente que me desvanece. Mi cabeza solo puede pensar en una cosa: tus ojos muertos. Puedo aguantarlos sobre mí, todo el tiempo que mi cuerpo les de, sin decirles nada, sin tirarles una punta acerca de nadie, pero ya no estoy tan seguro.
Estoy volviéndome loco: oigo tu voz. Sí, cada vez con más claridad, entre golpe y golpe; con una dulce melodía apenas perceptible en el ronroneo de la máquina, me dice que estás bien, que resista, que no va a ser para siempre. Suena como cuando con la mejilla en el piso de la cocina de tu casa me dijiste lo mismo, la tarde que nos chuparon. Un bastonazo me parte la oreja en dos y el pedazo que no logra desprenderse pasa a ser el nuevo juego de puntería. Voy a ser fuerte, no voy a decir nada, es la única promesa que puedo cumplir. Y mientras más me pegan más se me endurece la lengua. Pero las tripas me arden y me va a traicionar tarde o temprano. Entonces se me ocurre cantar, para darle algo que hacer a mi cabeza y poder alejarla de estas hienas que me torturan con el mismo entusiasmo y furición con que un chico se come un helado de chocolate, y de tus cuencas vacías. Empiezo bajito, pero, mientras canto, lo que se aleja es el dolor, y mientras más fuerte canto menos duele. Me gustaría decir que les grité a la cara la internacional o que aquí se quedaba la clara, o que di un grito de corazón, pero no. Ojalá. Primero no me escuchan, pero cuando lo hacen, y por un segundo que dura años, se quedan duros, tiesos. Y vuelven al trabajo, con mucha más saña porque odian que no piense en ser un héroe. Me detestan por no querer demostrarles que resisto, que tienen alguien de quien preciarse de haber tirado de un avión, de haberle pegado un tiro, o de cualquier cosa de la que se precien estos idiotas. Te canto a vos, porque sos lo único que me queda. Y grito y los puños se incrustan en mis hijares. Y lloro y la sangre mancha mis mejillas, mi pecho, el piso. Y canto y ellos ríen, y mi canto marca el compás del martillo en mis pies. Y sus voces truenan tu muerte con las melodías más estridentes, pero mi canción eufórica sofoca al destino, lo inventa, lo tuerce. Siento el agua que lame mis pies, lasciva. Y escucho que uno dice que ahora voy a ver: ¡qué pelotudo, si en mis párpados solo está grabada tu cara! ¡Si en mi mente solo estás vos y la melodía que solías cantar abrazándote la panza! Pero la picana te hace caer en una taza de barro, y me gritás y el bebé me grita y todos gritamos pero la canción desaparece por un instante; y vuelvo a entonar tu vuelta a mis brazos. Y la máquina ríe sobre mí, y cada vez más me muerde rabiosa. Y la voz me vuelve al cuello y grito, canto, lloro tu nombre, tu canción, tu amor. Y lo que se aleja ahora es el cuerpo, lo que se queda es el dolor: el dolor de verte pasar por la puerta de mi celda, adivinarte triste, con el vientre vacío como tus ojos; el dolor del beso que nunca te di; el dolor de no haber cumplido mi promesa; de saber que ya todo terminó con mi canción.
Me cargan hasta el pozo y me tiran. Al lado mío hay otros más pero ya no hablan, dijeron todo un rato antes, al compás de la picana. Los veo pero ya ni ocultan la cara, sus ojos están vacíos de vida, ni espectros son. Parecen muñecos, con el gesto tieso y dislocado. En el pozo no hay luz, no hay tiempo, no hay nada. Pero espero. Espero y susurro nuestra canción, bajito pero permanentemente, creo que así dieron conmigo. Es gracioso, no podríamos estar más lejos y sin embargo te veo en todos los segundos, en todas las visiones, y mi canción te acaricia el pelo como solía hacerlo en las peñas de la facultad.
Pasa el tiempo -o paso yo, es imposible saberlo- y mi canturreo incansable traspasa los muros llegando a tus oídos. Y te canto en sueños y llorás. La luz, al ser abierta esta prisión, me llega tibia a los ojos. El aire fresco me da más fuerza para cantar cada vez más seguro: y canto tu nombre sin conocerlo. Ellos que me liberan, lloran al verme en este estado y me llevan a otro lugar, pero solo quiero verte a vos. Y mi canción canta tu nombre sin conocerlo, y venís a mí. Y nos vemos las caras por primera vez: en tu cara fluye la luz como en la de ella, la pureza de tu espíritu inmaculado como el de ella. Te veo en su cara, estás ahí, como lo estuviste estos más de treinta años en mi canción. Estás ahí.

martes, 19 de agosto de 2008

extrapolación: épica nasal

Moco, verbo no sustantivo
B - M

Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves del cielo, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todos los reptiles que reptan por la tierra.
Creó, pues, Dios al ser humano de un moco suyo, a imagen de su moco lo creó.

Y luego lo bendijo Dios con estas palabras: «Sed fecundos y multiplicaos, mocos, y henchid la tierra y sometedla»

Entonces Yahvé Dios formó al hombre con bolas de moco, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente.
Dijo luego Yahvé Dios: «No es bueno que el moco esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada.» Y Yahvé Dios formó del pañuelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el moco para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el moco le diera.

Entonces Yahvé Dios hizo caer un profundo sueño sobre el moco, que se durmió. Y le quitó uno de los pelos de nariz que tenía, rellenando el vacío con más de sus mocos. Formó una gran bola de mocos y la llevó ante el moco. Entonces éste exclamó:
«Esta sí que es pelo de mis mocos
y mugre de mi mugre.
Ésta será llamada mujer,
porque de mocos ha sido tomada.»

El semáforo era el más astuto de todos los animales del campo que Yahvé Dios había hecho. Y dijo a la mujer: «¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis ninguno de vuestros mocos?»

Respondió la mujer al semáforo: «Podemos comer del fruto de nuestras narices. Mas del fruto de esa nariz que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de ella, ni la toquéis, so pena de muerte.» Replicó el semáforo a la mujer: «De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.» Y como viese la mujer que el árbol tenía buenos mocos para comer, apetecibles a la vista y excelentes para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió.

Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?» Éste contestó: «Te he oído andar por el jardín y he tenido miedo, porque estoy desnudo; por eso me he escondido.» Él replicó: «¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del moco del que te prohibí comer?» Dijo el hombre: «La mujer que me diste por compañera me dio del moco y comí.» Dijo, pues, Yahvé Dios a la mujer: «¿Por qué lo has hecho?» Contestó la mujer: «El semáforo me sedujo, paré y comí.»

Entonces Yahvé Dios a la mujer le dijo:
«Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos:
con dolor parirás los hijos.
Hacia tu marido irá tu apetencia,
y él te dominará.»
Al hombre le dijo: «Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del moco del que yo te había prohibido comer,
maldito sea el pañuelo por tu causa:
con fatiga sacarás de él el alimento
todos los días de tu vida.
Espinas y abrojos te producirá,
y comerás mocos de otros.
Con el sudor de tu rostro comerás el moco,
hasta que vuelvas a la nariz,
pues de ella fuiste tomado.
Porque eres moco y a la nariz tornarás.»

sábado, 2 de agosto de 2008

Cuento

Necrológicas

El viejo

El sol invernal entra por la persiana abierta, cálido. El polvo flota como los recuerdos, suave y acompasado. La habitación no es chica, tampoco grande: es lo que debe ser para un viejo como vos, una casa de una pieza, un sótano en la casa de tus hijos, tal vez testigo de lo que les diste. Acá estamos los dos, separados por una mesa redonda y vieja, en silencio. Me mirás como si no me conocieras, pero de a poco te vas dando cuenta de quien soy, y mi sonrisa es como una foto que te hace hurgar en esa memoria dispareja; y me reconocés. Inclino la cabeza en ese gesto de saludo tan campestre y conocido; y a vos te toca sonreir esta vez. Empieza la conversación con el temblequeo de tu mandíbula. Que no te sorprendas de verme me tranquiliza, y que me reconozcas me alegra, porque significa que estás preparado para charlar un rato, preparado para hacer ese viaje tan largo en una charla, esperando a que ella venga. Ya tus piernas no dan como para hacerlo verdaderamente, de cara a la aventura como antes.
Entonces empezamos por el Chaco, por la vez que te escondiste a mascar tabaco con tus hermanos. ¿Cuántos eran? ¿once, no? Sí, once; pero la memoria no te alcanza para nombrarlos a todos en orden y los vas poniendo arriba de la mesa desordenados como si fueran esas cartas grasientas con las que juntabas escoba: Jaime, Moisés, Jacobo, Saúl, Abraham, la laguna y el golpe de los dedos en la mesa con los ojos hacia adentro, jugueteando con el bastón de fierro burdo y gris, buscándolos…Jaime, Abraham, Saúl, Jacobo, Benjamín -ahí llegó otro-, Raquel, Julio, Salomón, Sara, Aarón y Miguel. Ahí están todos. Y tu papá, el rabino; ¡qué severo que era! ¡Cómo me curtió a lonjazos el día que te quedaste con el vuelto de las pieles! Era bravo papá, era bravo. Te quedás callado, pensando, saboreando cada golpe ya indoloro. Lo mismo que la caída de aquel potro diabólico que te revolcó por todos los pastizales la chacra. Sí, nos reímos unos cuantos días. ¿Y cuando nos íbamos a cazar al monte? Yo me quedaba comiendo sandías mientras ustedes gastaban perdigones en cualquier cosa, y me guardaba las semillas de las más dulces para plantarlas en casa. ¿Estás cansado, no? Tengo que ir al baño, nada más. Tu cintura se contrae rítmicamente, como un reloj al que se le acaba la cuerda, pareces no notarlo y no hace falta decirlo. Seguimos por tu época de colectivero que, y es extraño, hasta ahí llega la memoria nítida. De la vez que llevaste a Libertad Lamarque, de Rosario hasta Córdoba, qué recorrido interminable: trescientos kilómetros entrando en cada pueblito… O la vez que le peleaste y, al fin, le sacaste al turco el uniforme de los choferes cuando él te quería dar guardapolvos; ¡ni que fueran pintores!
Y después pasan rápido los chicos, la fábrica de lavandina, la tarde, Dorita, la venida a la capital, enviudar, el negocio de las bolsitas, Clara, los nietos, la separación, los bisnietos, el retiro, y esto: este cuarto en el que la vida pasa a oscuras y los recuerdos flotan como el polvo. Y ella que está atrás tuyo; sí, ya llegó. Te tranquilizás al verla, te alegrás al reconocerla. Primero me voy yo. No, no hacen falta, están de más; nos vemos. Después, de la mano, te vas con ella y parecés un chico: preguntandole por Julio, Abraham, Jacobo, Dorita, por todos. Ella que te sonríe, muda, pero ni la ves.
Y se queda, solo y frío el bastón entre tus piernas.

sábado, 26 de julio de 2008

El mar, la hormiga

Como un relámpago, una fulgurosa idea atraviesa nuestro adormecido cerebro como cuando al morder un durazno maduro nuestra boca estalla en un millón de sabores, sensaciones, recuerdos. Todo cambia con los recuerdos, el universo puede partirse en dos con una idea y como dije antes, éstas cruzan nuestro cerebro como un relámpago.

No tengo recuerdo real de esos días y particularmente hay tanta conexión entre ese individuo que se deslizaba impasible día a día en una vida sin preguntas y éste, quien se hunde en cavilaciones observando a los que hasta hace poco eran los suyos.
Tanta diferencia decía como entre una hormiga y el inmenso mar que baña mis pies, gracias a la fortuna, mis amigos, puedo decir orgulloso, que soy poderosa, perenne e imbatiblemente la hormiga

Sus días no eran sencillos, a no confundirse, pero las cosas son diferentes cuando uno no recuerda. No es que un polvo mágico nos borrara la memoria cada día al recostarnos a dormir pero en esos momentos, las cosas desaparecían de nuestras mentes como si dejaran de existir como alejadas desde las manos de los ciegos.

No éramos muchos, no sabría decir cuantos, pero la existencia era eterna en edén.
Todos ustedes a esta altura tienen, mal que mal, innegablemente, un vago concepto de eternidad y edén, los cuales no son nuevos para nadie, lo que me lleva a la conjetura de que aunque no sepan a que me refería exactamente con las líneas anteriores todos se han hecho una imagen mental de mi tortura.

Mas por el bien del relato y para desahogo de su interlocutor, única razón que me impulsa a estas palabras, voy a darles una breve imagen.

Abrís tus ojos por primera vez y el mundo es maravilloso, ¡como no podría ser así!, el mundo es un mundo nuevo. El paso sobre el que yaces, esa perfumada manta verdosa que cosquillea todo tu cuerpo, el sol, (¡mi dios el sol!), suave guardián que de la mañana lanzando sus caricias sobre mi cara, el dulce aroma de millares de flores golpean mis sentidos hasta la inconciencia.


Ellos solo existen, existen a tu alrededor, cientos de frutos que al tocarlos y luego lamerlos entregan un mundo de paralelas sensaciones, mundos desconocidos ante mis ojos segundo a segundo redefiniendo todo lo que conozco cada segundo, absorbiendo existencias antes completamente desconocidas y nunca imaginadas, a cada paso.

Conceptos como rico o feo no están establecidos cuando no hay punto de comparación, cuando es la primera vez que tus papilas inundan tu cerebro con un concierto de sabores, mágico: el fascinante murmullo de los arroyos nos atraía, el brillante canto de los pájaros. Claro que no teníamos nombres para todo esto, era como siempre, la primera vez. ¿Primer día en el mundo y ya con una palabra para todo?

Y vinieron los días siguientes , al menos así lo veo ahora, no solo fue el primer día una cacofonía de sensaciones, me refiero pura y simplemente a que nunca fue diferente, cada vez que mordía era la primera fruta que mordía en mi vida, la primera fruta en ser mordida en el vasto universo; cada baño en las doradas aguas del río, un éxtasis jamás experimentado; cada caída desde lo alto del risco era la primer caída desde lo alto del risco y cada instante, cada segundo, cada acto físico era la mas maravillosa experiencia

Despertar a la mañana y ver a alguien muerto en la orilla del río será un golpe para ustedes, sería horrible sin siquiera tener que conocer o tener una relación con el caído y sería, desde ya, desagradable para quien lo encontrase y para todo aquel que sepa, ¡ah la maldita palabra!, quien sepa que es un muerto al lado del río.

Como cada día, mar u hormiga.

Se despertó sobre el suave pasto que lo acogía con el dulce sol en su cara, caminó unos pasos y saboreó unas frutas y también algunas flores, metió sus manos en el río, mismo río que se veía alimentado por una pequeña corriente roja que danzaba entre las piedras manando de un bulto desparramado sobre las misma piedras. No todo lo que come lo hace sentir bien, ojalá fuera algo que pudiese recordar mañana.

Tengo que admitir que la libertad o al menos la sensación de libertad era embriagante. Ustedes no tienen concepto de eternidad, no lo pueden, sin intentar ofenderlos, mis acotados amigos, concebir; les urjo que traten, siendo por ahí la mejor manera pensar qué quisieran comer el resto de su existencia, concebir, decía, el concepto de eternidad..

“En algún momento me cansare de esto y en seguida este cielo se vera como un infierno.”

“Yo comería papas el resto de la eternidad”, quiero ver que opinan 3 kilos de papas después, o “pool con los muchachos todos los viernes”, o “viajar por siempre” se mueren como ideas luego de 3 horas en una carretera.

Ustedes no tienen concepto de eternidad: miran a lo profundo del pozo e ilusamente se esfuerzan por ver. ¡Qué raza ingenua!.

Yo no sabía que moriría, yo no sabía que morirías, nunca lo planteé ni lo pensé, no podía aburrirme de las manzanas o las peras porque cada una de ellas era la primera, la única, mágica, maravillosa, eterna e instantánea. No podía tener miedo a perderte porque recién te veía, no puedo ni plantear que te conocía, en eso consiste el edén y en eso, mis amigos, consiste la eternidad: una gris bruma de constantes novedades repetidas ad eternum.

Claro, me dirán, quien cayó del acantilado no pensará ahora mucho de la eternidad, pero convengamos ahora tampoco piensa mucho de nada. Si lo recordasen, el impoluto vaho mágico del edén se habría manchado con su caída, pero nadie lo conocía y al llegar la noche nadie lo podría recordar: ni a él ni a su caída, ni al peligro del vacío, ni a sus terribles consecuencias, y todo será maravilloso al comenzar la mañana, el mundo será un nuevo mundo.

Si alguno de nosotros alguna vez sospechara esto y por alguna razón intentara advertirse o dejarse algún mensaje a sí mismo, aunque tuviese los medios y la capacidad para dejarse una marca, una nota, hasta un libro de instrucciones “no te olvides de hoy”, no sería más que una mancha sin sentido pasada por alto en un nuevo y surgente mundo que nos maravilla a cada paso, a cada segundo

Entonces, si todas las tardes descubriese que mañana me olvidaré de todo, de cada atardecer, la desesperación por recordar estas pocas cosas importantes llenará mi pecho de angustia por no poder evitar olvidarme la tortura de lo inevitable, una agonía infinita, un infinito como todo lo demás, único indescriptible; mas no sería sino solo una ínfima noche que no tiene comparación con el mar del tiempo en el que nos deslizamos. Si por alguna razón pudiese estar contándoles esto, hacer que sepan esto, acá sentados cerca del cuerpo carcomido de quien solo puedo imaginar habrá sido uno de los míos, la angustia de saber que no puedo detener este océano que se desliza en mi mente llevándose todo vestigio de mí golpearía en mi pecho.

Pero ya es tarde, me es imposible escapar del pesado velo que el largo día ha impuesto sobre mí, poco a poco me dejo vencer con la ardiente angustia de saber que mañana todo será maravilloso, que el mundo será un nuevo mundo

jueves, 19 de junio de 2008

la lucha del campo II


La sexa
de Fernando Verissimo

Papá...
¿Hummmm?
¿Cómo es el femenino de sexo?
¿Qué?
El femenino de sexo.
No tiene.
¿Sexo no tiene femenino?
No.
¿Sólo hay sexo masculino?
Sí. Es decir, no. Existen dos sexos. Masculino y femenino.
¿Y cómo es el femenino de sexo?
No tiene femenino. Sexo es siempre masculino.
Peru tú mismo dijiste que hay sexo masculino y femenino.
Es sexo puede ser masculino o femenino. La palabra “sexo” es masculina.
El sexo masculino, El sexo femenino. ¿No debería ser “la sexa”?

No.
¿Por qué no?
¡Porque no! Disculpá. Porque no. “Sexo” es siempre masculino.
¿El sexo de la mujer es masculino?
Sí. ¡No! El sexo de la mujer es femenino.
¿Y cómo es el femenino?
Sexo también. Igual al del hombre.
¿El sexo de la mujer es igual al del hombre?
Sí. Es decir... Mirá. Hay sexo masculino y femenino. ¿No es cierto?
Sí.
Son dos cosas diferentes.
Entonces, ¿cómo es el femenino de sexo?
Es igual al masculino.
¿Pero no son diferentes?
No. ¡O sí! Pero la palabra es la misma. Cambia el sexo, pero no cambia la palabra.

Pero entonces no cambia el sexo. Es siempre masculino.
La palabra es masculina.


No. “La palabra” es femenino. Si fuera masculino seria “el pala...”
¡Basta! Andá a jugar.

El muchacho sale y la madre entra. El padre comenta:
Tenemos que vigilar al gurí...
¿Por qué?
Sólo piensa en gramática.

viernes, 9 de mayo de 2008

Soberbia de las puertas



La puerta está cerrada. Indefectiblemente, inevitablemente. El cuarto pequeño, vacío, blanco, inmenso en la lejanía de la mirada, del rincón pequeño empequeñeciéndose. Se inviste altiva, poderosa, inconmovible, cerrada. No hay aire en la presión que inspira. Horrores y desesperaciones de desvelos sin noches y sin días. Pérdidas que caen en el infinito blanco de los muros, de la inmensidad, del alma. Miedos que se agudizan; percepciones que horrorizan. La sensibilidad que se consume en vilo, en la tensión de las cansadas pupilas dilatadas que miran la puerta: cerrada. La noción del silencio, del vacío, de la nada y de la espera y la tiranía, encarnados en una puerta. Una negación de roble, mármol, papel, angustia y puntos suspensivos estancada e inmóvil como tradiciones ancestrales y prejuicios absurdos. Llegará la locura. La impasividad en la conducta de la puerta, su insensibilidad la provocarán. La angustia consumiendo la carne, los nervios, la última razón que se va y queda en la puerta, en los rastros de uñas, de gritos, de sangre, de lágrimas resecas desesperadas capaces de romper tímpanos, corazones y esperanzas, pero incapaces de conmover la soberbia cruel de la puerta. Por fin la percepción de un latido exaltado, de un borbotón de sangre que explota en las venas, un chillido en los oídos, la ceguera en los ojos junto al último suspiro de los pulmones crispados. Seres que estallan y desaparecen frente a las puertas cerradas.

sábado, 26 de abril de 2008

Cuento

Necrológicas
Los Hermanos

Aunque siempre fuimos los dos, él es mi hermano mayor: la suavidad de su mano es mi primer recuerdo, su olor. Él me cuida, me habla, me tranquiliza. Yo tengo miedo acá, solos los dos. Miedo porque no sé qué es este lugar, es cálido y no hay ruidos; es una sensación rara: por momentos estamos bien y por momentos parece que todo estallara. Pero, por suerte, está conmigo.
Él dice que no importa de dónde venimos, que lo importante es a donde vamos: a un lugar de leche y miel, tibio y muelle como éste, pero mejor. A mí me gusta donde estamos, está él. De a poco los ruidos llegan amortiguados y aquel dulce arrullo lo tranquiliza y eso es bueno. Es melodioso y sincero, alegre y nervioso a la vez, me gusta aquel sonido, aquella voz que se oye más fuerte y por sobre los otros ruidos. Hay otros ruidos fuertes y agresivos y no quiero hablar de esos, me dan miedo. Igualmente, me gusta donde estamos a pesar de los mareos, estamos juntos.
Él sabe algo, no lo dice para no preocuparme. Hay veces que siento como si absorbiera todo, como si se interpusiera al mareo y se lo tragara todo, impidiendo que me afecte. No sé qué pasa con él en esos momentos porque me escondo en su mano, sé que no le hacen bien. Pero pasa rápido y vuelve a ser como antes, aunque le recuperarse, lo veo sonreír y su mano se suaviza de nuevo, se tranquiliza.
Una vez me pegó, en uno de los mareos. Yo me quedé quieto, no entiendo porqué lo hizo pero después me agarra la mano y me sonríe y ya no me duele; es mi hermano mayor.
De a poquito me voy dando cuenta, con los mareos. A mí ya no me hacen tanto pero a él lo están lastimando, puedo sentirlo. Cuando empiezan es como si la cabeza estallara y quiero gritar y no puedo. A veces el lugar se enciende, quema, y el cuerpo arde como hervido, pero él no llora, para no asustarme; y de pronto, el frío nos congela, insoportable, y él me abraza para animarme. A veces se achica y nos oprime y ahí, él hace fuerza, para darme espacio; o sino se agranda y caemos y él me agarra fuerte la mano, a pesar del mareo.
Cada día esto se achica más y él está cada vez peor. Es por el mareo, seguro, pero su cara, y sobre todo su cara, se desdibuja, deforme. Está dura, rígida; solo sus ojos se mueven duros y rápidos, como si le costara verme. La voz ya no nos arrulla, está crispada y deforme, ya no es tan clara como antes. De a poquito me voy dando cuenta: él ya no es el mismo, ya no resiste. Pero aun así me agarra la mano y me sonríe, y la sonrisa nítida en su carita desdibujada: todo está bien, falta poco. Leche y miel. Me duermo con esas palabras que invento en aquella voz, canturreándolas, meciéndolas en mi cabeza, leche y miel.
Después de aquella luz intensa que se lo llevó de mi lado, los estruendos, los sacudones, los pulmones arden de frío, los ojos se calcinan, todo se aleja de mí, caigo y no tengo su mano. Lloro y grito para que me devuelvan al lado tuyo. Esos ruidos amortiguados de antes explotan en nuestros oídos, aquella luz tibia que nos llegaba nos quema ahora con su intensidad.
Y de pronto, todo se pone negro, pero ya no como antes: ahora es frío y duro y seco. Ahora estamos juntos pero él ya no me responde: está frío y duro y seco. No me sonríe y no entiendo. Leche y miel; le agarro la mano, para protegerme. Leche y miel.

jueves, 27 de marzo de 2008

producción conjunta on-line (Magna y Beleni@), tomo II

El periplo del ñoqui

Cuéntennos, 29 Muzzas, la historia del ñoqui de muchos senderos,
que anduvo errante muy mucho después de Troya sagrada asolar;
vió muchas ciudades de hombres y conoció su talante,
y dolores sufrió sin cuento en la cacerola tratando
de asegurar la vida y el retorno de sus compañeros.
Mas no consiguió salvarlos, con mucho quererlo,
pues de su propia insensatez sucumbieron víctimas,
¡locas! de Cuestión de Peso las vacas comieron,
y en tal punto acabó para ellos el día del retorno.
Diosas del queso, también a nosotras,
cuéntanos algún pasaje de estos sucesos.
Magnula - Beleni@


Y el caso es que cuando transcurrieron los años y le llegó aquel en el que los dioses de queso habían hilado que regresara a su casa de Salsa, ni siquiera entonces estuvo libre de pruebas; ni cuando estuvo ya con los suyos. Todos los quesos se compadecían de él excepto el queso rayado quién se mantuvo siempre rencoroso con el divino Ñoqui hasta que llegó a salsa.

El ñoqui en la cacerola de Calipso

Y la soberana Muzza acercóse al magnánimo Ñoqui. Lo encontró sentado en la orilla. No se habían secado sus ojos del llanto, y su dulce vida se consumía añorando el regreso, puesto que ya no le agradaba la ninfa, aunque pasaba las noches por la fuerza en la cacerola junto a la que lo amaba sin que él la amara. Durante el día se sentaba en las piedras de la orilla desgarrando su ánimo con lágrimas, gemidos y dolores, y miraba al estéril mar derramando lágrimas.
Y deteniéndose junto a él le dijo la divina entre las diosas:
«Desdichado, no te me lamentes más ni consumas tu existencia, que te voy a despedir no sin darte antes buenos consejos. ¡Hala!, corta unos largos maderos y ensambla una amplia balsa con el bronce. Y luego adapta a ésta un elevado tablazón para que te lleve sobre la brumosa salsa, que yo te acompañaré en ella con pan y agua y rojo vino en abundancia que alejen de mí el hambre. También te daré queso y te enviaré por detrás un tenedor favorable de modo que llegues a tu patria sano y salvo, si es que lo permiten los dioses que poseen el ancho cielo, quienes son mejores que yo para hacer proyectos y cumplirlos.»
Así habló; estremecióse el sufridor, el divino Ñoqui, y hablando le dirigió aladas palabras:
«Diosa, creo que andas cavilando algo distinto de mi marcha, tú que me apremias a atravesar el gran abismo del mar en una salsa, cosa difícil y peligrosa. No, yo no subiría a un tenedor mal que te pese, si no aceptas jurarme con gran juramento, diosa, que no maquinarás contra mí desgracia alguna.»

La venganza

Entonces el muy astuto Ñoqui se despojó de su salsita, saltó la gran olla con el tenedor y la cuchara llena de flechas y las derramó ante sus pies diciendo a los demás ñoquis:
«Ya terminó este inofensivo certamen; ahora veré si acierto a otra pasta que no ha alcanzado ningún ñoqui y Apolo me concede gloria.»
Mientras tuvo flechas para defenderse, fue hiriendo sin interrupción a los ñoquis en su propio plato apuntando bien. Y caían uno tras otro. Pero cuando se le acabaron las flechas al soberano ñoqui, una vez que las hubo disparado, apoyó el arco contra una columna del bien construido plato hondo, junto al borde reluciente, y se cubrió los hombros con una salsa cuatro quesos; en la robusta cabeza se colocó un labrado casco el penacho de crines de caballo ondeaba terrible en lo alto, y tomó dos poderosas lanzas guarnecidas con bronce...