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sábado, 22 de mayo de 2010

Palimpsestos- La Máscara de la Muerte Roja

Theatre of Tragedy- And When He Falleth


El diálogo que está puesto como {male/female} es de



Masque of The Red Death (1964) de Vincent Price




Basada en el conocidísimo cuento


La Máscara de la Muerte Roja- de Edgar Allan Poe

La "Muerte Roja" había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.
Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.

Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.

Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y la paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un color de sangre.

A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.

Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.

Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.

Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.

Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesacion angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.

Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.

-¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!

Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.

Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.

Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caida. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.
.
Para los que lo quieran leer en inglés (ya bastante que copié entero la traducción...)
y para los que se quieran bajar la peli (éste es un enlace no comprobado pero fue el único que encontré)

martes, 23 de junio de 2009

Cuento

Necrológicas

La charla
"Where now? Which way?
Dear God, show me."
Your River, My Dying Bride
1993


¿Por qué?
No sé.
Dale.
No sé, de verdad. No sé, una mala idea, supongo. Y un intento de enderezarla. Digamos que tenía ganas de hacerlo y nunca me di cuenta. Es una de las dos cosas de las que me arrepiento, pero con toda mi alma. ¡Qué mal que me sentí!
Y, debiste haberlo sabido. No podés, así nomás.
Por eso te digo: debe ser que siempre tuve ganas de hacerlo y nunca me di cuenta.
Bueno, ¿y qué te contás?
No sé, es medio raro esto. No te rías, en serio te digo. ¡Cómo cambiaste! Antes no te hubieses reído así, me hubieses dicho todo lo pelotudo que fui. Pará de reírte, che!
¡Qué querés, decís que tenías ganas y ahora que estamos acá te quedás callado como un boludo!
¿Sabés a qué me haces acordar? Esa vez que me había peleado por primera vez con Alicia, lo de la foto, ¿te acordás? Que la foto tenía una boca en primer plano y que yo dije que era la boca de la hermana y vos dijiste que cómo no reconocía la boca que tanto había besado. Boludo, no tenés tacto. Y otra vez te me cagas de risa en la cara.
Sí, bueno, ya sé, por eso mismo era mala la idea.
En fin...
Lo que sí extraño es sentarnos a fumar una pipa en el jardín de tu vieja. Hacer anillos de humo como si estuviéramos en la Tierra Media: dos hobbits sentados en las murallas de la devastada Isengard; Fangorn a nuestros pies y un Alsbo Black quemándose en la cazoleta. Que el humo se coloreara con la luz del medio día y le diera forma a eso que no decíamos, palabras hechas de humo deshilachándose en el viento. Realmente extraño eso.
Yo también. Un Muriel en la selva boliviana. Aunque ahora que lo pienso siempre dijiste que el jardín de la vecina estaba más cuidado. Siempre dijiste que el de mi vieja se parecía más al Bosque Viejo, es lindo oírte decir esto: se nota que estás cambiado. Eso es bueno.
¿Por qué?
No sé. ¿Más vino?
Solo un poco, si no, no vuelvo.
Viste que eso fue desde siempre, no importaba si hablábamos o no. Como cuando lo de Eva. Todo el quilombo y te vi y me contaste. Fue buenísimo, como si bajaran el cono del silencio y que el mundo se cayera.
Me acuerdo; hablando de eso ¿que pasó con él?
Hace unos años que no lo veo, pero no es lo que importa. ¿Reparaste en esto que te digo?
Sí, reparé. Siempre fue algo que me gustó a mí también. Hablando de bosques, extraño Los Lobos: el bosque, el mar, los acantilados...
De verdad que sí. Dos guerreros de Gondor entre los Trolls. Fingon y Maedhros esquivando los látigos de Los Señores del Fuego, conquistando Angband... ¿de qué te reís?
¿No será mucho?
Sí, la verdad que sí, ¿no? Pero sabé que te iría a buscar a Thangorodrim si me tocara.
Lo sé, no te preocupes; por eso estamos ahora acá. Contame de la vez que me viste en ese colectivo.
¿Qué querés que te diga? Te vi desde un bondi, iba para la facultad, en el 104. Iba estudiando, con la cabeza metida en el apunte, llegando a Acoyte levanté la cabeza porque no daba más, y te vi... o era otro tipo, la verdad que nunca le vi la cara.
...
Es eso solo, ¡en serio!... ¿querés que te diga que se me subió el corazón a la boca? ¿que se me secó la garganta, que tenía ganas de gritarle a esa nuca que estaba en otro colectivo?
Disculpame, tenés razón.
¿Y dónde estamos, hablando de todo un poco?
Ni idea.
Vos estás bien donde estás, ¿no?
Maso, sabés que estoy podrido. No te rías, sabés que es así.
Mejoraste tu sentido del humor, y eso es bueno. Te gané, entonces: duermo tranquilo y con las patas afuera de la cama.
Sí, en ese sentido tenés razón. Pero no dije cuándo.
Mejoraste tu sentido del humor...
Te soñé un par de veces también: que te buscaba por todos lados y te encontraba en una casa en el norte. Y cuando te iba a ver me decías que estabas bien, que no me preocupara más.
...
Estoy soñando, ¿no?
O yo soñándote a vos, ¿quién sabe? Tal vez, nos estemos soñando mutuamente, juntos en la danza cósmica, volviendo a la materia primaria del universo... ¿de qué te reís?
¿No será mucho?
Sí, puede ser. Pero, nada se pierde, todo se transforma, ¿no? Entonces nunca me fui, nunca morí; nunca viví, nunca nos acostamos para estar soñando esto...
¿Y entonces?
No sé. Vos deberías decirme a mí.
¿Yo? ¿Por qué?
No sé. Vos querías hablarme. No importa, no estás durmiendo, pero es hora de que te despiertes. Nos vemos, espero.
La última: ¿Por qué?
No sé.

domingo, 31 de mayo de 2009

¡Chupate esa mandarina, Unamuno!

Domingo de mañana. La familia toma el desayuno en una clásica escena. Los padres charlaban sobre nada: planes semanales, agendas, itinerarios del día, etc. El hijo, el más chiquito de todos, terminaba de sorber su chocolatada mientras la alternaba con una tostada con queso y dulce y la perra trataba de optimizar el rayo de sol que llegaba al piso del comedor ubicándose en una posición bastante surrealista (o, por lo menos, no acorde con una buena perra de su casa). La hija, la grande, la de Ocho, bajó la taza y se quedó mirando a la nada, a la pared, junto con su bigote marrón de leche; el resto siguió con lo que hacía, y al cabo de un tiempo dijo resuelta:
-A veces me siento un sueño-

martes, 26 de mayo de 2009

poma mittere

Por la boca muere
En una clase sobre el relato mítico se está leyendo el mito de Orfeo. En algún momento del relato, la profesora detiene la lectura del mito para aclarar quién es ese personaje femenino con cabello de serpientes que aparece. Uno de los alumnos, con cara de "yo sé yo sé yo sé", levanta la mano, y dice:
"¡La merluza!"

Bueno, más o menos...
Una alumna de segundo año viene a preguntarle a la profesora, por la oración Venden pasajes a los turistas:
"Los turistas ¿es circunstancial de persona, no?"

Sanseacabó
Un alumno le explica a la profesora y a sus compañeros:
"Claro... y si, por ejemplo, dice blá blá blá...y se terminó, eso es circunstancial de fin"

La vida es sueño erótico
En tercer año, una alumna duda sobre cómo se lee el nombre Segismundo:
"¿Se dice Seguismundo o Sexymundo?"

Sugestivo
En clase particular de Lengua, la profesora y el alumno analizan una oración. La profesora dice: esto es predicativo...
"¡Sugestivo!" agrega el alumno.

Muy parecidos
En cuarto año del profesorado, una alumna se excusa de haberse confundido el siglo durante el cual reinó El rey sol:
"Claro, claro, es que me confundí a Luis XIV con el siglo XIV"

Entre la cólera de Aquiles y la desesperación
Un alumno, en Latín I, pregunta, luego de que la profesora les dijera que tenían que leer la Ilíada completa para el parcial:
"En castellano, ¿no?"

Prolija
En un parcial de Española II aparece un texto, luego de la consigna "Lea atentamente el siguiente texto". Una alumna la responde.

Gente como uno
En Española I aparecen, en un poema de Valente, los "lugares comunes". Una alumna aclara:
"Sí los lugares comunes -y explica-: el mercado, por ejemplo".

Van al colegio a comer
En el curso de ingreso se presentan algunas de las materias que aparecerían el nuevo plan de estudios de Castellano, una vez hecha la reforma. Una alumna, que ignora todo lo que se dijo antes sobre los trabajos de campo, se queja:
"Pero qué tienen que ver... ¡si nosotros no vamos a ordeñar vacas!"

martes, 24 de marzo de 2009

Mordor.net


Sauron@Mordor.org:
"Rey Brujo & Co.: Tenemos gran oportunidad! Interrogación a Gollum revela que el Anillo esta en la Comarca (ver mapa adjunto). Aparentemente en manos de un hobbit cuyo apellido es Bolsón. Los Hobbits son bastante pequeños y no se les conoce que vayan armados. Un caramelito para vosotros, chicos. Cabalgad directo; coged a Bolsón Y el Anillo. Es hora de ganarse el sueldo. La paga de fin de año puede ser grande!"

Ringwraiths@Mordor.org:
"Oh Señor Oscuro, el Magnífico. Imposible encontrar la Comarca, por lo que preguntamos a Saruman por la dirección. Nos dijo que nuestro mapa no estaba a escala. Parece ser que la Comarca queda a un buen trecho. ¿Cómo que lo estamos aprendiendo ahora? Se esperan retrasos en el OneRing Project. Respetuosamente, los Nueve."

Sauron@Mordor.org:
"Decidme que no le mencionasteis el Anillo a Saruman! Sobre el retraso esperado en el proyecto: No lo creo. Cabalgad más rápido"

Ringwraiths@Mordor.org:
"Gran Maestro de la Oscuridad, NO le dijimos nada a Saruman sobre el Anillo. Inventamos una historia sobre que uno de los nuestros perdió uno de los nueve anillos mientras estaba de vacaciones por la zona. Casi seguro que se lo ha tragado. Haremos lo posible por cabalgar más rápido. Saruman maravilloso en el chatroom de Isengard, deberías comprobarlo."

Sauron@Mordor.org:
"Hackeada web del chatroom de Isengard. Sentiros tranquilos. Hacedme saber cuando lleguéis a Comarca."

Ringwraiths@Mordor.org:
"Oh gran Ojo Llameante, paramos en Bree para unas merecidas cervezas. Encontramos un tío "genial", Ted Arenas, que dice que la Comarca no está lejos. También dice que tienen "hierba asesina", con un poco de suerte los hobbits estarán todos muertos cuando lleguemos ;-). Esperamos que la hierba no trate de matarnos a nosotros. Estamos buscando una gran recompensa.

Sauron@Mordor.org:
"id a la Comarca, AHORA!"

Ringwraiths@Mordor.org:
"Finalmente llegamos a la Comarca. Hobbits todavía vivos. Sin señal de hierba asesina. Un hobbit dice que Bolsón y amigos se han mudado a un suburbio llamado Gamoburgo, nos dirigimos hacia allí. Podría jurar que vi a unos hobbits parecidos a la descripción pero fuimos asustados por los elfos. Podría jurar que sentí el poder del Anillo. Espectro Núm. 5 cree que ha perdido el anillo en Bree. ¿Tenéis otro?"

Sauron@Mordor.org:
"No, no tengo otro. ¡Nueve malditos anillos para los hombres, no diez! Di a Núm. 5 que vuelva y lo busque. Mejor, envía a tres con él para que no se pierda! Sheeeesh."

Ringwraiths@Mordor.org:
"Hobbits escaparon atravesando el campo. Esperamos que el resto de los Nueve no tarden demasiado buscando el anillo de Núm. 5 en Bree. Pensamos que podríamos ser más listos que los hobbits y cortarles el camino. Frustrados por granjero con setas que tenia unos perros MUY grandes SIN CORREAS. Tal vez los perros se coman a los hobbits y solo tengamos que esperar y escarbar entre su ... y conseguiremos el anillo.

Sauron@Mordor.org:
"Rey Brujo & Co.: Vuestros resultados del semestre están llegando y os puedo avanzar que no pintan bien. Inhabilidad (o buena voluntad) para acabar con los perros del granjero no impresiona. Por favor, mostrar más iniciativa. Olvidar idea de escarbar entre los 'residuos' del perro. Seguid hacia Gamoburgo."

Ringwraiths@Mordor.org:
"Casi los cojemos, Jefe, pero tomaron una embarcación y no quisieron enviar el bote de vuelta. Tenemos que dar una gran vuelta. Por cierto, Gamoburgo y el Brandivino no están en el mapa, tendremos que preguntar mucho por la dirección. Posiblemente un descuido de tu parte. Destacamento de Bree aún no ha regresado. Creo que NOSOTROS deberíamos tener buenas notas y los Espectros de Bree deberían ser castigados, por que te apuesto que se están tomando unas cuantas cervezas mientras nosotros hacemos todo el trabajo duro. Abrazos."

Sauron@Mordor.org:
"(Sigh). He liberado a Gollum en el improbable, pero no imposible, caso de que no podáis acabar vuestra misión. Parece bastante dispuesto a encontrar el Anillo. Considerad esto una competición para el extra de fin de año."

Ringwraiths@Mordor.org:
"Encontrados, Jefe. O al menos pensamos que los habíamos encontrado. Destrozamos su lugar de escondite bastante bien, pero escaparon hacia el Bosque Viejo, el cual da bastante miedo. Hubiésemos ido detrás de ellos, pero los locales hicieron sonar una potente alarma anti-incendios. Votamos y decidimos ir a Bree y esperar a los hobbits."

Sauron@Mordor.org:
"¡¿Votásteis?! (Sigh) Bien, lo que sea."

Ringwraiths@Mordor.org:
"Estamos en Bree, pero el resto de los Jinetes Negros no está aquí. El tabernero quiere que paguemos sus tickets. El colega Ted Arenas dice que los demás están deshaciendo sus pasos para ver si el anillo de Núm. 5 no se cayó en el camino de Isengard. Alquilada una habitación fantástica con vistas. Petición para gastos adjuntada."

Sauron@Mordor.org:
"¿2.000 farthings por 'masaje de Enano'?"

Ringwraiths@Mordor.org:
"Hobbits en la casa! Anillo Único confirmado, ya que un hobbit llamado Sotomonte desapareció en el bar. Sospechamos que ibas errado sobre el nombre Bolsón. Ataque a su habitación planeado para medianoche! Deséanos suerte!"

Sauron@Mordor.org:
"Lleváis buen camino, equipo. Por cierto, 'Sotomonte' probablemente es un alias."

Ringwraiths@Mordor.org:
"Los tenemos, Jefe. O, bueno, pensamos que los teníamos. Entramos en habitación donde estaban y vimos cuatro camas con lo que parecían cuatro hobbits durmiendo. Nos tenias que haber visto rasgándolos! Fueron 30 minutos que solo pueden ser descritos como una impresionante meleé de Espectros del Anillo, golpeamos y acuchillamos hasta destrozar completamente la habitación de los hobbits. Pero fuimos engañados, porque las figuras eran solo cabezales de madera dentro de las sábanas. Así que yo y el resto de los chicos fuimos al resto de habitaciones hobbit y, déjame decirte, no van a venir muchos hobbits a descansar a este hostal por bastante tiempo."

Sauron@Mordor.org:
"Sobre: Intento de asesinato de hobbits en Bree.
Entiendo tu explicación que los hobbits no estaban en la habitación que habían alquilado. Estoy sorprendido de tu aparente enorgullecimiento por haber estado media hora machacando cabezales y destrozando parte del hostal. ¡Espectros sin cerebro! Ahora escúchame atentamente: asustad a todos los caballos y póneys de Bree, entonces buscad a cuatro hobbits que marchen a pie. No debe entrañar ninguna dificultad, ni siquiera para tí. ¿Alguna noticia del resto de los Nueve?"

Ringwraiths@Mordor.org:
"Caballos asustados como dijiste, Jefe, excepto por el pony de Ted, que de todas formas está a punto de morir. Vamos a buscar al resto de los Nueve. Deséanos suerte."

Sauron@Mordor.org:
"¡He dicho vigilad la ruta, tonto, no buscar al resto de los Nazgûl!"

Ringwraiths@Mordor.org:
"Tienes razón, Jefe. Nosotros cinco ya tenemos suficiente trabajo. Supongo que recogeremos los extras de los otros, ja ja. Bueno, parece que los cuatro hobbits han unido sus fuerzas con un Montaraz, llamado Trancos. El trabajo se ha puesto difícil de repente. Han comprado el pony de Ted. Ted fue golpeado por una manzana lanzada por un hobbit, pero sobrevivió. Dijo que habían ido campo a través, lo que quiere decir que solo tenemos que esperar a que retomen la ruta más adelante. ¿Alguna idea?"

Sauron@Mordor.org:
"¿Ideas? Si, intentad seguirles el paso. Una segunda idea, no queremos que os perdáis en la maleza, verdad? Quiero decir, ¿cuál es el problema con vosotros, chicos? En lugar de eso, id directamente a la Cima de los Vientos... sí, está en el mapa y esperadlos. ¡No perdáis el tiempo!"

Ringwraiths@Mordor.org:
"Fuimos a la Cima de los Vientos, como mandaste, Jefe. Pero no dijiste que ahí vivían magos! Era Gandalf, ése que odias. Vas a estar muy orgulloso de nosotros. Los cinco le atacamos hasta que él empezó a sacar fuego de su bastón mágico, o lo que sea que fuese eso. Jefe, esto te va a encantar: todos le perseguimos y huyó como un conejo asustado. ¡Lo estamos persiguiendo ahora! Deséanos suerte."

Sauron@Mordor.org:
"No, idiotas! Es una distracción. Volved a la Cima de los Vientos y esperad a los hobbits."

Ringwraiths@Mordor.org:
"Volvimos a la Cima de los Vientos, como dijiste, Jefe. Pero los hobbits y el Montaraz ya estaban ahí. Hemos planeado el ataque para medianoche, aunque todavía tengamos a cuatro compañeros perdidos. ¡Vamos!"

Sauron@Mordor.org:
"Sí, id. Este es solo un proyecto orientado a los resultados, chicos. Solo traédmelo de vuelta. Eso es todo lo que estoy pidiendo. No quiero rehenes, nada. Dejadlos vivir a los cinco, por lo que me importan. Buena suerte.

Ringwraiths@Mordor.org:
"Estamos realmente en los resultados del proyecto, jefe! Atacamos su tienda en la Cima de los Vientos. Los teníamos. Mira esto: ¡apuñalé al portador del Anillo! Desgraciadamente, el hobbit tenía una navaja del ejercito Suizo y me apuñaló en el dedo gordo del pie izquierdo. ¿No dijiste que iban desarmados? Nos tenemos que comunicar más. Entonces el Montaraz empezó a pegarnos fuego. Algunos de nosotros fuimos capaces de rodar por el suelo y salvar gran parte de nuestros trajes, pero me temo que Núm. 6 y Núm. 8 están prácticamente desnudos, Creo que los hobbits y el Montaraz han escapado. Núm. 9 dice que ha perdido su anillo en la Cima de los Vientos. Sí, ya se que estás pensando, pero estás equivocado. TODOS nosotros estamos en la búsqueda del Anillo. ¡Gracias por desearnos suerte, porque seguro que funcionó! (Abrazo en grupo)"

Sauron@Mordor.org:
"Por la venerable madre de Morgoth! ¿Por qué? ¿Que he hecho yo para merecer esto? Decidme, por favor. Ok, el portador del Anillo ha sido apuñalado. Eso es bueno. Piensa cosas positivas. Ahora, Rey Brujo, quiero que te olvides del anillo del Núm. 9. Id detrás de los hobbits, AHORA. Ellos irán camino a Rivendel, seguro.

Ringwraiths@Mordor.org:
"Oops, ya habíamos ido a la Cima de los Vientos (hemos tenido problemas con el correo hoy, creo que deberías comprobar el módem, o el servidor, o lo que sea). Buenas noticias. El resto de los Nueve han aparecido. Parece ser que Núm. 5 tenía el anillo en uno de sus bolsillos de la chaqueta todo este tiempo. Creo que se va a llevar una mala nota, ¿no? También hemos encontrado el anillo de Núm. 9, aunque parece ser que tú no te preocupas por ello. No le he dicho a Núm. 9 que has adoptado esa posición. Espero que todavía te preocupes de mi anillo. :- ) Ahora vamos detrás de los hobbits a máxima velocidad. "El Portador del Anillo ladrón" (¿es este su verdadero nombre?) debe de estar ya catatónico por el exitoso ataque. Me gustaría saber si voy a sacar nota extra por esto. Num. 2 no esta seguro de haber firmado en la cartilla semanal de reenrolamiento en Mordor. Por cierto, mi dedo gordo realmente tiene mal aspecto. ¿Ideas?"

Sauron@Mordor.org:
"Núm. 1, querido Rey Brujo. Aparentemente he fallado como manager para demostrar de una forma suficientemente clara la importancia del One Ring Project. Te lo voy a recordar: Tu único objetivo es encontrar el Anillo Único. Entonces pon tus manos sobre él. ¡No te lo pongas! Mantenlo seguro en tu vuelta a Mordor. Entonces me lo das- ¡Eso es todo! Todas las preocupaciones del personal que has mencionado serán tenidas en cuenta mientras tu me lo traigas de vuelta. ¿Entendido? Capisci? Dost thou fathom? Do you understand?"

Ringwraiths@Mordor.org:
"Tienes razón como siempre, Jefe. El Anillo Único. Entendido alto y claro. Esto, Ok, perdona que haga una semana del último correo. Estuvimos a punto de cogerlos en el Vado de Rivendel. Quiero decir que estuvimos realmente, realmente cerca, Incluso nos tuvimos que topar con un guerrero elfo y correr detrás de un caballo increíblemente rápido que cargaba al portador del Anillo, estábamos sobre él. Colega, de repente se nos vino encima una crecida que no te puedes imaginar, con esos temibles caballos, y nuestros propios caballos fueron arrastrados, así que tendrás que echarles las culpas a los caballos, los cuales se ahogaron. Y como ninguno de nosotros sabe nadar y la corriente era tan fuerte, todos nosotros nos hemos quedado completamente desnudos, aunque yo todavía tengo mi corona. Ninguno perdió su anillo, lo que es un extra, ¿no?"

Sauron@Mordor.org:
"(Sigh). Esto no esta sucediendo. ¡Nazgûl asustados en bolas! Tenéis nuevas órdenes: traed vuestros traseros a la oficina. No, esperad, todavía os perderíais por el camino. Os envío mis nueve sucias bestias voladoras a buscaros."

Ringwraiths@Mordor.org:
"¡Volando en primera clase, Jefe! Esto es sin duda mejor que montar caballos. Gracias por el gesto. Seríamos capaces de traerte este anillo por Air Mordor si nos dieras otra oportunidad. Por favor"

Sauron@Mordor.org:
Después de una larga consideración, he decidido contra mi sano juicio enviaros otra vez a buscar el Anillo. Sí, mejor volando por Air Mordor esta vez. Aseguraos de que las bestias coman un poco de hierba con el pienso, ¡demonios!

Ringwraiths@Mordor.org:
"De vuelta en primera clase, Jefe. ¡Gracias por el indulto!"

Sauron@Mordor.org:
"Hobbits localizados en Moria. La Compañía ahora son nueve. Qué pintoresco. El Balrog los cogerá. Entonces los orcos me traerán el Anillo. Vigilad la salida del este."

Ringwraiths@Mordor.org:
"Moria no está en el mapa, mucho menos la salida este. Hemos preguntado a los elfos de Lothlórien por la dirección, pero no obtuvimos ayuda. ¡¡¡Maleducados!!!Votamos y nos quedamos a vigilar el Anduin cerca del Rauros. ¡Deséanos suerte!"

Sauron@Mordor.org:"La vais a necesitar."

Ringwraiths@Mordor.org:"Buenas noticias, Jefe! Encontrado el grupo (había ocho, no nueve como dijiste).Desgraciadamente, un elfo disparó a la bestia de Núm. 3, así que espera verlo llegar arrastrándose hacia la Puerta Negra. Perdió su llave, así que tendrás que dejarlo entrar tú. Núm. 2 no ha estado alimentando a su bestia con hierba, y sus 'deshechos' son horribles. También, pareciera que tus orcos se han unido con los de Saruman. Han capturado a dos hobbits después de matar a un hombre de Gondor. Parece que van camino de Isengard, en lugar de hacia Mordor. Te sugiero que contactes con ellos y les des un mapa fiable. Hemos perdido de vista a los otros hobbits. Pero el resto de la compañía ha salido en busca de los citados orcos, lo que significa que ahí es donde debe estar el Anillo. Saludos."

Sauron@Mordor.org:
"¿Isengard? No. ¡¡¡¡Noooo!!!! ¡¡Todos vosotros volved inmediatamente al cuartel general! Rey Brujo, tú ves camino a Isengard e intercepta a esos orcos."

Ringwraiths@Mordor.org:
"Jefe, fui a Isengard como dijiste, pero me tuve que asegurar de que la bestia tuviese suficiente hierba, así que me fue imposible atrapar a los orcos. Parece que alguien lo ha destrozado todo. No creo que Saruman tenga el Anillo, porque sino hubiese impedido que lo inundaran, ¿verdad? De todas formas, parece como si Rohan hubiese ganado su batalla contra Saruman el Blanco, el cual tiene un aspecto deplorable últimamente."

Sauron@Mordor.org:
"¡Compasión! Voy a tener que declarar la guerra para recuperar el Anillo. Tú, Rey brujo, ve y ataca a cualquiera que parezca estar llevando el Anillo Único. Estoy pensando en el Rey de Rohan, ya que la última vez que lo observé era un niño de teta de Saruman."

Ringwraiths@Mordor.org:
"Oh, hola Jefe. Soy Núm. 2. Tengo un poco de malas noticias. Una chica decapitó a la bestia del Rey Brujo. Las buenas noticias son que el Rey de Rohan fue muerto por su propio caballo. Improbable que tenga el Anillo, como dijiste. Pero las verdaderas malas noticias son que el Rey Brujo fue apuñalado en el tobillo por un hobbit y después asesinado por la chica de antes. Pensaba que no podíamos morir a causa de los anillos que nos diste. ¿Hay algo que debiera saber? Oh sí, perdiste la batalla de Pelennor (Apuesto a que fue para engañarlos, ¿eeeeh?).De todas formas, supongo que esto me convierte en Núm. 1, ¿verdad?"

Sauron@Mordor.org:
"(sigh). Seguro, puedes ser el Núm. 1, si eso te hace feliz. ¿Querríais simplemente volar en círculos alrededor de Mordor? Eso será suficiente. Podréis hacerlo los ocho, ¿no?"

Ringwraiths@Mordor.org:"Hicimos lo que dijiste, Jefe, volar alto. Parece ser que 7.000 de nuestros enemigos marchan hacia la oficina. Mejor hacer copias de las bases de datos, ¿no?"

Sauron@Mordor.org:
"Al fin buenas noticias. Los Capitanes del Oeste están tentando su suerte. Uno de ellos probablemente tenga el Anillo, pero todavía no lo ha reclamado. Volad por encima de la Puerta Negra."

Ringwraiths@Mordor.org:
"¡Fabulosas noticias, Jefe! La batalla está yendo genial. Están completamente rodeados. Eres un genio."

Sauron@Mordor.org:"¡¡¡¡Idiotas!!!! ¡El Anillo Único! ¡Está en el Monte del Destino! ¡Volad, volad os digo! ¡Volad hacia el Monte del Destino y coged el Anillo antes de que sea demasiado tarde!"

Ringwraiths@Mordor.org:
"¿Monte del Destino? Eso es un volcán. ¿NO hace demasiado calor ahí? Quizás si aumentaras nuestra prima por peligrosidad..."

Sauron@Mordor.org:
"¡¡¡Id al Monte del Destino inmediatamente!!! ¡¡¡El Anillo, coged el Anillo!!! ¡¡¡¡¡Haceeeeeeeeeeeeeedlo!!!!!

Ringwraiths@Mordor.org:
"Ok, Jefe, lo haremos. Tómatelo con calma. ¿El anillo esta DENTRO del volcán, o simplemente cerca? Bueno, supongo que ya lo encontraremos cuando lleguemos. ¡Deséanos suerte!"

Ringwraiths@Mordor.org:
"Jefe, ¿estás ahí? El volcán esta erupcionando cosa mala. No se puede encontrar el Anillo. Ni siquiera podemos sentir su presencia. Estás seguro que está en el Monte del Destino?"

Ringwraiths@Mordor.org:
"Hey, Jefe, ¿sabías que Mordor está temblando? ¿Jefe?...

lunes, 15 de septiembre de 2008

cyber- kybernetes

Ulysse 31

viernes, 12 de septiembre de 2008

Lingüistas

Tras la cerrada ovación que puso término a la sesión plenaria del Congreso Internacional de Lingüística y Afines, la hermosa taquígrafa recogió sus lápices y papeles y se dirigió hacia la salida abriéndose paso entre un centenar de lingüistas, filólogos, semiólogos, críticos estructuralistas y desconstruccionistas, todos los cuales siguieron su garboso desplazamiento con una admiración rayana en la glosemática.
De pronto las diversas acuñaciones cerebrales adquirieron vigencia fónica:
¡Qué sintagma!
¡Qué polisemia!
¡Qué significante!
¡Qué diacronía!
¡Qué exemplar ceterorum!
¡Qué Zungenspitze!
¡Qué morfema!
La hermosa taquígrafa desfiló impertérrita y adusta entre aquella selva de fonemas.
Sólo se la vio sonreír, halagada y tal vez vulnerable, cuando el joven ordenanza, antes de abrirle la puerta, murmuró casi en su oído: ''Cosita linda".

Mario Benedetti

martes, 2 de septiembre de 2008

Posibilidades

Quizás simplemente no sabía que los padres pueden ser hirientes sin quererlo cuando fue herida de muerte por el ‘puta’ que esgrimió su madre.

Quizás sólo no sabía decir que no, cuando sometió su determinación a la de otros al dejar que ese extraño le quitara un hijo de las entrañas.

Quizás no supo dónde buscar el perdón, ni dónde descargar la responsabilidad y la culpa cuando se desesperó por retornar a la sensación de vida en el vientre.

Quizás quería ser una niña por siempre, olvidarse de sí misma y descargar el mundo en otros, en esa nueva hija, la sustituta, la que tendría que encargarse de su difícil redención.

Quizás no supo intuir que la amargura de sus venas forjaría muros infranqueables, distancias absolutas y antagonismos radicales entre ella y la criatura.

Quizás por eso se decepcionó tanto, porque las cosas no resultaban como en los sueños, como en la tele, como su madre quería, como debía ser.

Quizás ese fue el motivo por el que se dejó estar y dejó a su hija en la más completa soledad, sólo acompañada por los constantes reproches y quejas que le profería.

Quizás la necesidad de recuperar el mundo de sus sueños fue lo que la sedujo a trasponer a la realidad las marcas de lo inverosímil.

Quizás a esas alturas con su constante necesidad de ser víctima, de ser protegida por otros, con el aislamientos forzoso que eso generaba, era incapaz de comprender la violencia con que su hija le respondía y la ignoraba.

Quizás era incapaz de ver que su hija se sentía sola y desprotegida, víctima de una encomienda (de una redención) que no sabía cómo, ni quería, además, encarar.

Quizás nunca tuvo la lucidez para ver que el mundo no es sólo lo que viene a uno, sino lo que uno hace con él.

Quizás era incapaz de asumir verdaderamente una responsabilidad.

Quizás era completamente incapaz de crecer.

Quizás por eso no podía evitar las respuestas y las actitudes de los chicos cuando su hija asumía el rol que la vida le había dejado al comportarse como madre de su madre.

Quizás en el fondo sabía que había perdido la razón hacía tiempo, que había arruinado la infancia y la adolescencia de su hija y que el lazo entre las dos era imposible de recomponer (si es que alguna vez había existido).

Quizás estaba convencida de que su hija era incapaz de comprender su vida y su situación.

Quizás valía mucho más de lo que su madre suponía.

Quizás era conciente de mucho más de lo que su hija suponía.

Pero hay certezas imposibles para una hija.

viernes, 29 de agosto de 2008

Cuento

Necrológicas

El Pozo

No sé cómo dieron conmigo. Tengo el cuerpo dolorido: es como si pudieran aprovechar cada centímetro, cada poro, para inflingirte dolor. Y hacen su trabajo con una maestría tan sutil que parece que le dedicaron la vida a esto. Pero tengo que ser fuerte, no me van a poder quebrar, no voy a traer a otro acá. Ya bastante con que te hayan traído a vos por mi culpa.
Estoy en el pozo. La luz misma entra inmunda ensuciando lo que se le pone a su alcance: las paredes y yo, lo único que hay en este agujero. No sé cómo dieron conmigo.
Escucho los pasos en la puerta y espío por las rendijas, tus pies se mueven cadenciosos y resignados. Y murmurarte tranquilidad me cuesta una costilla que se quiebra bajo el bastón del mismo que manejaba el auto que nos trajo hasta acá; pero, como si no me escucharas, seguís caminando hacia lo indecible, abrasándote el vientre sin amor ni llanto. Una mueca: el recuerdo de un algo que ya no tiene sentido. Adivino los moretones en tus ojos, imagino la sangre seca de tus labios, intuyo tus heridas pero el reflejo gris de tu rostro me quiebra como no me quebraron estos cagones. Tu espíritu marchito da la sentencia que tus ojos apagados, fijos en mí, ejecutan sin mirarme. Y enmudezco. Ya no puedo articular palabra. Repaso una y otra y otra y otra vez la escena y por fin la entiendo. Y muero. Pero este lugar tiene esa particularidad, nadie muere hasta que no se lo ha quebrado, hasta que no se le ha arrancado de raíz el espíritu, hasta que no queda reducido a la nada misma, a una sombra.
Los días pasan y las sesiones de tortura se intercalan en un ritmo caótico. Y nada sale de mi boca. Una fina plancha de metal se cuela por debajo de mi uña. Pero de mi cabeza, nada. La bolsa me sofoca, asfixia ardiente que me desvanece. Mi cabeza solo puede pensar en una cosa: tus ojos muertos. Puedo aguantarlos sobre mí, todo el tiempo que mi cuerpo les de, sin decirles nada, sin tirarles una punta acerca de nadie, pero ya no estoy tan seguro.
Estoy volviéndome loco: oigo tu voz. Sí, cada vez con más claridad, entre golpe y golpe; con una dulce melodía apenas perceptible en el ronroneo de la máquina, me dice que estás bien, que resista, que no va a ser para siempre. Suena como cuando con la mejilla en el piso de la cocina de tu casa me dijiste lo mismo, la tarde que nos chuparon. Un bastonazo me parte la oreja en dos y el pedazo que no logra desprenderse pasa a ser el nuevo juego de puntería. Voy a ser fuerte, no voy a decir nada, es la única promesa que puedo cumplir. Y mientras más me pegan más se me endurece la lengua. Pero las tripas me arden y me va a traicionar tarde o temprano. Entonces se me ocurre cantar, para darle algo que hacer a mi cabeza y poder alejarla de estas hienas que me torturan con el mismo entusiasmo y furición con que un chico se come un helado de chocolate, y de tus cuencas vacías. Empiezo bajito, pero, mientras canto, lo que se aleja es el dolor, y mientras más fuerte canto menos duele. Me gustaría decir que les grité a la cara la internacional o que aquí se quedaba la clara, o que di un grito de corazón, pero no. Ojalá. Primero no me escuchan, pero cuando lo hacen, y por un segundo que dura años, se quedan duros, tiesos. Y vuelven al trabajo, con mucha más saña porque odian que no piense en ser un héroe. Me detestan por no querer demostrarles que resisto, que tienen alguien de quien preciarse de haber tirado de un avión, de haberle pegado un tiro, o de cualquier cosa de la que se precien estos idiotas. Te canto a vos, porque sos lo único que me queda. Y grito y los puños se incrustan en mis hijares. Y lloro y la sangre mancha mis mejillas, mi pecho, el piso. Y canto y ellos ríen, y mi canto marca el compás del martillo en mis pies. Y sus voces truenan tu muerte con las melodías más estridentes, pero mi canción eufórica sofoca al destino, lo inventa, lo tuerce. Siento el agua que lame mis pies, lasciva. Y escucho que uno dice que ahora voy a ver: ¡qué pelotudo, si en mis párpados solo está grabada tu cara! ¡Si en mi mente solo estás vos y la melodía que solías cantar abrazándote la panza! Pero la picana te hace caer en una taza de barro, y me gritás y el bebé me grita y todos gritamos pero la canción desaparece por un instante; y vuelvo a entonar tu vuelta a mis brazos. Y la máquina ríe sobre mí, y cada vez más me muerde rabiosa. Y la voz me vuelve al cuello y grito, canto, lloro tu nombre, tu canción, tu amor. Y lo que se aleja ahora es el cuerpo, lo que se queda es el dolor: el dolor de verte pasar por la puerta de mi celda, adivinarte triste, con el vientre vacío como tus ojos; el dolor del beso que nunca te di; el dolor de no haber cumplido mi promesa; de saber que ya todo terminó con mi canción.
Me cargan hasta el pozo y me tiran. Al lado mío hay otros más pero ya no hablan, dijeron todo un rato antes, al compás de la picana. Los veo pero ya ni ocultan la cara, sus ojos están vacíos de vida, ni espectros son. Parecen muñecos, con el gesto tieso y dislocado. En el pozo no hay luz, no hay tiempo, no hay nada. Pero espero. Espero y susurro nuestra canción, bajito pero permanentemente, creo que así dieron conmigo. Es gracioso, no podríamos estar más lejos y sin embargo te veo en todos los segundos, en todas las visiones, y mi canción te acaricia el pelo como solía hacerlo en las peñas de la facultad.
Pasa el tiempo -o paso yo, es imposible saberlo- y mi canturreo incansable traspasa los muros llegando a tus oídos. Y te canto en sueños y llorás. La luz, al ser abierta esta prisión, me llega tibia a los ojos. El aire fresco me da más fuerza para cantar cada vez más seguro: y canto tu nombre sin conocerlo. Ellos que me liberan, lloran al verme en este estado y me llevan a otro lugar, pero solo quiero verte a vos. Y mi canción canta tu nombre sin conocerlo, y venís a mí. Y nos vemos las caras por primera vez: en tu cara fluye la luz como en la de ella, la pureza de tu espíritu inmaculado como el de ella. Te veo en su cara, estás ahí, como lo estuviste estos más de treinta años en mi canción. Estás ahí.

martes, 19 de agosto de 2008

extrapolación: épica nasal

Moco, verbo no sustantivo
B - M

Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves del cielo, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todos los reptiles que reptan por la tierra.
Creó, pues, Dios al ser humano de un moco suyo, a imagen de su moco lo creó.

Y luego lo bendijo Dios con estas palabras: «Sed fecundos y multiplicaos, mocos, y henchid la tierra y sometedla»

Entonces Yahvé Dios formó al hombre con bolas de moco, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente.
Dijo luego Yahvé Dios: «No es bueno que el moco esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada.» Y Yahvé Dios formó del pañuelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el moco para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el moco le diera.

Entonces Yahvé Dios hizo caer un profundo sueño sobre el moco, que se durmió. Y le quitó uno de los pelos de nariz que tenía, rellenando el vacío con más de sus mocos. Formó una gran bola de mocos y la llevó ante el moco. Entonces éste exclamó:
«Esta sí que es pelo de mis mocos
y mugre de mi mugre.
Ésta será llamada mujer,
porque de mocos ha sido tomada.»

El semáforo era el más astuto de todos los animales del campo que Yahvé Dios había hecho. Y dijo a la mujer: «¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis ninguno de vuestros mocos?»

Respondió la mujer al semáforo: «Podemos comer del fruto de nuestras narices. Mas del fruto de esa nariz que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de ella, ni la toquéis, so pena de muerte.» Replicó el semáforo a la mujer: «De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.» Y como viese la mujer que el árbol tenía buenos mocos para comer, apetecibles a la vista y excelentes para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió.

Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?» Éste contestó: «Te he oído andar por el jardín y he tenido miedo, porque estoy desnudo; por eso me he escondido.» Él replicó: «¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del moco del que te prohibí comer?» Dijo el hombre: «La mujer que me diste por compañera me dio del moco y comí.» Dijo, pues, Yahvé Dios a la mujer: «¿Por qué lo has hecho?» Contestó la mujer: «El semáforo me sedujo, paré y comí.»

Entonces Yahvé Dios a la mujer le dijo:
«Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos:
con dolor parirás los hijos.
Hacia tu marido irá tu apetencia,
y él te dominará.»
Al hombre le dijo: «Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del moco del que yo te había prohibido comer,
maldito sea el pañuelo por tu causa:
con fatiga sacarás de él el alimento
todos los días de tu vida.
Espinas y abrojos te producirá,
y comerás mocos de otros.
Con el sudor de tu rostro comerás el moco,
hasta que vuelvas a la nariz,
pues de ella fuiste tomado.
Porque eres moco y a la nariz tornarás.»

sábado, 2 de agosto de 2008

Cuento

Necrológicas

El viejo

El sol invernal entra por la persiana abierta, cálido. El polvo flota como los recuerdos, suave y acompasado. La habitación no es chica, tampoco grande: es lo que debe ser para un viejo como vos, una casa de una pieza, un sótano en la casa de tus hijos, tal vez testigo de lo que les diste. Acá estamos los dos, separados por una mesa redonda y vieja, en silencio. Me mirás como si no me conocieras, pero de a poco te vas dando cuenta de quien soy, y mi sonrisa es como una foto que te hace hurgar en esa memoria dispareja; y me reconocés. Inclino la cabeza en ese gesto de saludo tan campestre y conocido; y a vos te toca sonreir esta vez. Empieza la conversación con el temblequeo de tu mandíbula. Que no te sorprendas de verme me tranquiliza, y que me reconozcas me alegra, porque significa que estás preparado para charlar un rato, preparado para hacer ese viaje tan largo en una charla, esperando a que ella venga. Ya tus piernas no dan como para hacerlo verdaderamente, de cara a la aventura como antes.
Entonces empezamos por el Chaco, por la vez que te escondiste a mascar tabaco con tus hermanos. ¿Cuántos eran? ¿once, no? Sí, once; pero la memoria no te alcanza para nombrarlos a todos en orden y los vas poniendo arriba de la mesa desordenados como si fueran esas cartas grasientas con las que juntabas escoba: Jaime, Moisés, Jacobo, Saúl, Abraham, la laguna y el golpe de los dedos en la mesa con los ojos hacia adentro, jugueteando con el bastón de fierro burdo y gris, buscándolos…Jaime, Abraham, Saúl, Jacobo, Benjamín -ahí llegó otro-, Raquel, Julio, Salomón, Sara, Aarón y Miguel. Ahí están todos. Y tu papá, el rabino; ¡qué severo que era! ¡Cómo me curtió a lonjazos el día que te quedaste con el vuelto de las pieles! Era bravo papá, era bravo. Te quedás callado, pensando, saboreando cada golpe ya indoloro. Lo mismo que la caída de aquel potro diabólico que te revolcó por todos los pastizales la chacra. Sí, nos reímos unos cuantos días. ¿Y cuando nos íbamos a cazar al monte? Yo me quedaba comiendo sandías mientras ustedes gastaban perdigones en cualquier cosa, y me guardaba las semillas de las más dulces para plantarlas en casa. ¿Estás cansado, no? Tengo que ir al baño, nada más. Tu cintura se contrae rítmicamente, como un reloj al que se le acaba la cuerda, pareces no notarlo y no hace falta decirlo. Seguimos por tu época de colectivero que, y es extraño, hasta ahí llega la memoria nítida. De la vez que llevaste a Libertad Lamarque, de Rosario hasta Córdoba, qué recorrido interminable: trescientos kilómetros entrando en cada pueblito… O la vez que le peleaste y, al fin, le sacaste al turco el uniforme de los choferes cuando él te quería dar guardapolvos; ¡ni que fueran pintores!
Y después pasan rápido los chicos, la fábrica de lavandina, la tarde, Dorita, la venida a la capital, enviudar, el negocio de las bolsitas, Clara, los nietos, la separación, los bisnietos, el retiro, y esto: este cuarto en el que la vida pasa a oscuras y los recuerdos flotan como el polvo. Y ella que está atrás tuyo; sí, ya llegó. Te tranquilizás al verla, te alegrás al reconocerla. Primero me voy yo. No, no hacen falta, están de más; nos vemos. Después, de la mano, te vas con ella y parecés un chico: preguntandole por Julio, Abraham, Jacobo, Dorita, por todos. Ella que te sonríe, muda, pero ni la ves.
Y se queda, solo y frío el bastón entre tus piernas.

sábado, 26 de julio de 2008

El mar, la hormiga

Como un relámpago, una fulgurosa idea atraviesa nuestro adormecido cerebro como cuando al morder un durazno maduro nuestra boca estalla en un millón de sabores, sensaciones, recuerdos. Todo cambia con los recuerdos, el universo puede partirse en dos con una idea y como dije antes, éstas cruzan nuestro cerebro como un relámpago.

No tengo recuerdo real de esos días y particularmente hay tanta conexión entre ese individuo que se deslizaba impasible día a día en una vida sin preguntas y éste, quien se hunde en cavilaciones observando a los que hasta hace poco eran los suyos.
Tanta diferencia decía como entre una hormiga y el inmenso mar que baña mis pies, gracias a la fortuna, mis amigos, puedo decir orgulloso, que soy poderosa, perenne e imbatiblemente la hormiga

Sus días no eran sencillos, a no confundirse, pero las cosas son diferentes cuando uno no recuerda. No es que un polvo mágico nos borrara la memoria cada día al recostarnos a dormir pero en esos momentos, las cosas desaparecían de nuestras mentes como si dejaran de existir como alejadas desde las manos de los ciegos.

No éramos muchos, no sabría decir cuantos, pero la existencia era eterna en edén.
Todos ustedes a esta altura tienen, mal que mal, innegablemente, un vago concepto de eternidad y edén, los cuales no son nuevos para nadie, lo que me lleva a la conjetura de que aunque no sepan a que me refería exactamente con las líneas anteriores todos se han hecho una imagen mental de mi tortura.

Mas por el bien del relato y para desahogo de su interlocutor, única razón que me impulsa a estas palabras, voy a darles una breve imagen.

Abrís tus ojos por primera vez y el mundo es maravilloso, ¡como no podría ser así!, el mundo es un mundo nuevo. El paso sobre el que yaces, esa perfumada manta verdosa que cosquillea todo tu cuerpo, el sol, (¡mi dios el sol!), suave guardián que de la mañana lanzando sus caricias sobre mi cara, el dulce aroma de millares de flores golpean mis sentidos hasta la inconciencia.


Ellos solo existen, existen a tu alrededor, cientos de frutos que al tocarlos y luego lamerlos entregan un mundo de paralelas sensaciones, mundos desconocidos ante mis ojos segundo a segundo redefiniendo todo lo que conozco cada segundo, absorbiendo existencias antes completamente desconocidas y nunca imaginadas, a cada paso.

Conceptos como rico o feo no están establecidos cuando no hay punto de comparación, cuando es la primera vez que tus papilas inundan tu cerebro con un concierto de sabores, mágico: el fascinante murmullo de los arroyos nos atraía, el brillante canto de los pájaros. Claro que no teníamos nombres para todo esto, era como siempre, la primera vez. ¿Primer día en el mundo y ya con una palabra para todo?

Y vinieron los días siguientes , al menos así lo veo ahora, no solo fue el primer día una cacofonía de sensaciones, me refiero pura y simplemente a que nunca fue diferente, cada vez que mordía era la primera fruta que mordía en mi vida, la primera fruta en ser mordida en el vasto universo; cada baño en las doradas aguas del río, un éxtasis jamás experimentado; cada caída desde lo alto del risco era la primer caída desde lo alto del risco y cada instante, cada segundo, cada acto físico era la mas maravillosa experiencia

Despertar a la mañana y ver a alguien muerto en la orilla del río será un golpe para ustedes, sería horrible sin siquiera tener que conocer o tener una relación con el caído y sería, desde ya, desagradable para quien lo encontrase y para todo aquel que sepa, ¡ah la maldita palabra!, quien sepa que es un muerto al lado del río.

Como cada día, mar u hormiga.

Se despertó sobre el suave pasto que lo acogía con el dulce sol en su cara, caminó unos pasos y saboreó unas frutas y también algunas flores, metió sus manos en el río, mismo río que se veía alimentado por una pequeña corriente roja que danzaba entre las piedras manando de un bulto desparramado sobre las misma piedras. No todo lo que come lo hace sentir bien, ojalá fuera algo que pudiese recordar mañana.

Tengo que admitir que la libertad o al menos la sensación de libertad era embriagante. Ustedes no tienen concepto de eternidad, no lo pueden, sin intentar ofenderlos, mis acotados amigos, concebir; les urjo que traten, siendo por ahí la mejor manera pensar qué quisieran comer el resto de su existencia, concebir, decía, el concepto de eternidad..

“En algún momento me cansare de esto y en seguida este cielo se vera como un infierno.”

“Yo comería papas el resto de la eternidad”, quiero ver que opinan 3 kilos de papas después, o “pool con los muchachos todos los viernes”, o “viajar por siempre” se mueren como ideas luego de 3 horas en una carretera.

Ustedes no tienen concepto de eternidad: miran a lo profundo del pozo e ilusamente se esfuerzan por ver. ¡Qué raza ingenua!.

Yo no sabía que moriría, yo no sabía que morirías, nunca lo planteé ni lo pensé, no podía aburrirme de las manzanas o las peras porque cada una de ellas era la primera, la única, mágica, maravillosa, eterna e instantánea. No podía tener miedo a perderte porque recién te veía, no puedo ni plantear que te conocía, en eso consiste el edén y en eso, mis amigos, consiste la eternidad: una gris bruma de constantes novedades repetidas ad eternum.

Claro, me dirán, quien cayó del acantilado no pensará ahora mucho de la eternidad, pero convengamos ahora tampoco piensa mucho de nada. Si lo recordasen, el impoluto vaho mágico del edén se habría manchado con su caída, pero nadie lo conocía y al llegar la noche nadie lo podría recordar: ni a él ni a su caída, ni al peligro del vacío, ni a sus terribles consecuencias, y todo será maravilloso al comenzar la mañana, el mundo será un nuevo mundo.

Si alguno de nosotros alguna vez sospechara esto y por alguna razón intentara advertirse o dejarse algún mensaje a sí mismo, aunque tuviese los medios y la capacidad para dejarse una marca, una nota, hasta un libro de instrucciones “no te olvides de hoy”, no sería más que una mancha sin sentido pasada por alto en un nuevo y surgente mundo que nos maravilla a cada paso, a cada segundo

Entonces, si todas las tardes descubriese que mañana me olvidaré de todo, de cada atardecer, la desesperación por recordar estas pocas cosas importantes llenará mi pecho de angustia por no poder evitar olvidarme la tortura de lo inevitable, una agonía infinita, un infinito como todo lo demás, único indescriptible; mas no sería sino solo una ínfima noche que no tiene comparación con el mar del tiempo en el que nos deslizamos. Si por alguna razón pudiese estar contándoles esto, hacer que sepan esto, acá sentados cerca del cuerpo carcomido de quien solo puedo imaginar habrá sido uno de los míos, la angustia de saber que no puedo detener este océano que se desliza en mi mente llevándose todo vestigio de mí golpearía en mi pecho.

Pero ya es tarde, me es imposible escapar del pesado velo que el largo día ha impuesto sobre mí, poco a poco me dejo vencer con la ardiente angustia de saber que mañana todo será maravilloso, que el mundo será un nuevo mundo

miércoles, 9 de julio de 2008

El Ión ¿positivo o negativo?

Más allá del chiste sectario para literatos-electricistas, en el diálogo de Platón -que comparte el nombre con los átomos eléctricamente cargados- se plantean dos cosas relevantes para la comprensión de nuestro discurrir por las letras:
1) que el poeta es tan solo un instrumento de los dioses (un poseso), y
2) que no sabe nada de aquello que escribe (es decir, no posee un conocimiento cabal de las cosas que trata en su escrito).
La primera objeción es que, el diálogo, trata del oficio de los rapsodas -“intérpretes de intérpretes”- por lo que nos tocaría de manera tangencial. La segunda es que hay escritores, como por ejemplo Pérez-Reverte -Cabo Trafalgar(1)- que poseen un conocimiento bastante acabado de los temas que trata (de los 15.000 libros que posee en su biblioteca, 3.000 se refieren a temas náuticos y cerca de 200 a Trafalgar; y sí, asumimos que los leyó todos). Sin embargo, son dos cuestiones que deben ser discutidas: ¿Es el poeta intermediario de las musas, o su producción le pertenece por mérito propio? ¿Es necesario saber acerca de lo que se escribe o la escritura crea mundos que no deben ajustarse a la realidad?
Respondiendo a lo primero, parece que la cuestión -así, de primera mano- se resuelve fácil diciendo que 50/50, que una parte le corresponde al poeta (que de acá en más diremos, simplemente, escritor) y que la otra parte viene desde lo divino. Incluso hay quien pueda decir que sin esa cuota de “inspiración divina” solo se producen textos mediocres. Válido, desde esa perspectiva. En función de esto, creo que era Picasso quien decía que la inspiración te tiene que encontrar trabajando. Pero de apoyar esta postura creo que estamos elitizando el arte de la escritura (y ya no solo de la escritura, porque esta concepción abarca a toda la producción artística). Es decir, solo es artista -uno de los buenos, por supuesto- aquel que posea ese don divino y, yendo un poco más lejos, es una cuestión innata: no importa cuánto te rompas el alma produciendo, si no has nacido con el genio… Es alñudo m’hijo, no servís para esto, no te gastes… Argumentos así desmoralizan hasta al más entusiasta. Por otro lado, para evitar el suicidio de aquellos no tan entusiastas, les recuerdo que a Van Gogh nunca se lo reconoció en vida.
A esta altura, cualquier postura innatista, merece, por lo menos, desconfianza. Ya que si hilamos fino, nos conduce a la justificación biológica (eugenésica) de diferencias sociales arbitrarias, con lo peligroso que eso pueda ser para la humanidad -peligrosidad millones de veces realizada, por desgracia-. ¿No está en mis genes, como en los de cualquiera de mi especie, la capacidad de manipular herramientas, la capacidad cognitiva, la capacidad estética, aparte de muchas otras que no vienen al caso? Si no es así, somos como hormigas o abejas: algunas nacen para ser reinas, otras obreras y otros son zánganos(2). Si es así, si está en los genes de mi especie, ¿por qué, entonces, no tendría la capacidad de nutrirla o ejercitarla lo suficiente? Se me ocurre que en este tipo de argumentos supuran imposiciones sociales arbitrarias de lo que cada uno puede o no ser, de lo que la maquinaria social ha planeado para cada quién, dentro de los espacios en los que está casi predestinado a moverse: naciste pobre, no artista; para qué llevarlo al museo si tiene ralladura de ladrillo en vez de cerebro, mejor que me ayude en el taller/empresa/negocio (al punto da lo mismo) o se dedique a algo productivo.


Ahora bien, con respecto a la otra parte de la cuestión: ¿es necesario que se sepa de lo que se está hablando? Por ejemplo, los físicos o los matemáticos se quejan de los psicólogos porque éstos últimos toman conceptos del campo de los primeros y los trasvasan al suyo propio, pero imprecisos y hasta degenerados. Más cercano a nuestro propio campo:
“En general, los escritores no distinguen un diedro de un ángulo plano. Citemos un ejemplo característico tomado de El Guaraní, de José de Alentar: Sacó su daga y la clavó en la pared tan larga como le permitía la curva que el brazo se veía obligado a hacer para abarcar el ángulo”(3)

Y aquí retomamos la cuestión: ¿qué importa si la literatura no se ajusta a la “realidad” fáctica, empírica, comprobable? Estamos hablando de mythos, no de logos. No queremos exponer la verdad del universo, tan solo conmover, divertir, pasar el tiempo y/o vomitar eso que se lleva dentro como una brasa incandescente, fuego que no se apaga hasta no haber puesto el último punto y arreglado el más mínimo detalle. Quiero compartir, no impartir; transformar, no informar. No creo que importe si las calles que cito, si las personas que nombro, existen o, incluso, si lo que digo es real y verdadero, les estoy dando status de cosa real y verdadera al momento de nombrarlas, de grabarlas en la mente de otro. De hacerlas parte de un universo tan real como el físico en el que vivimos, se trata el tema.
De eso se trata, aunque sea mucho más complejo. Complejo porque la producción artística es una entidad “shamánica”, se mueve en dos universos a la vez: el material y el simbólico. Como objeto concreto, la producción artística -libro, pintura, escultura, etc.- existe en un orden material de cosas y como objeto ficcional -discurso, relaciones de poder, construcción ideológica, etc.- existe en un orden simbólico, que no por ello deja de ser tan real como la realidad misma. Pero, como les pasa a los shamanes, los límites entre planos se desdibujan. Siempre nos han dicho que no hay que creer en lo que dicen los libros, y con razón, porque lo que se dice en los libros está para ser disfrutado, y creído en ese sentido. Y si de sentido hablamos, es bien sabido que el discurso -y más el escrito que se ha impuesto arbitrariamente a lo largo de los últimos siglos- es generador de verdad, o de otro modo la filosofía (y hasta me atrevería a decir, incluso, la historia) no tendría razón de ser. Entonces no hay por qué pedirles a las obras literarias o a cualquiera de ellas, paradigmas de lo ficcional, que guarden una relación con lo real:


1-Cabo Trafalgar, 2004. Allí, Pérez-Reverte narra sobre la jornada del 25 de octubre de 1805, en donde murieron cerca de 4.000 personas tras la confrontación de la flota inglesa y la escuadra franco-española frente al Cabo de Trafalgar
2-Al respecto: Antz, 1998; o Gattaca, 1997.
3-Malba Tahan, Matemática divertida y curiosa, 2006. Cabe aclarar que aquí, el autor del Hombre que calculaba, no se centra en la cuestión y toma escritores que aplican los conocimientos de otras áreas con justeza

jueves, 19 de junio de 2008

la lucha del campo II


La sexa
de Fernando Verissimo

Papá...
¿Hummmm?
¿Cómo es el femenino de sexo?
¿Qué?
El femenino de sexo.
No tiene.
¿Sexo no tiene femenino?
No.
¿Sólo hay sexo masculino?
Sí. Es decir, no. Existen dos sexos. Masculino y femenino.
¿Y cómo es el femenino de sexo?
No tiene femenino. Sexo es siempre masculino.
Peru tú mismo dijiste que hay sexo masculino y femenino.
Es sexo puede ser masculino o femenino. La palabra “sexo” es masculina.
El sexo masculino, El sexo femenino. ¿No debería ser “la sexa”?

No.
¿Por qué no?
¡Porque no! Disculpá. Porque no. “Sexo” es siempre masculino.
¿El sexo de la mujer es masculino?
Sí. ¡No! El sexo de la mujer es femenino.
¿Y cómo es el femenino?
Sexo también. Igual al del hombre.
¿El sexo de la mujer es igual al del hombre?
Sí. Es decir... Mirá. Hay sexo masculino y femenino. ¿No es cierto?
Sí.
Son dos cosas diferentes.
Entonces, ¿cómo es el femenino de sexo?
Es igual al masculino.
¿Pero no son diferentes?
No. ¡O sí! Pero la palabra es la misma. Cambia el sexo, pero no cambia la palabra.

Pero entonces no cambia el sexo. Es siempre masculino.
La palabra es masculina.


No. “La palabra” es femenino. Si fuera masculino seria “el pala...”
¡Basta! Andá a jugar.

El muchacho sale y la madre entra. El padre comenta:
Tenemos que vigilar al gurí...
¿Por qué?
Sólo piensa en gramática.

viernes, 9 de mayo de 2008

Soberbia de las puertas



La puerta está cerrada. Indefectiblemente, inevitablemente. El cuarto pequeño, vacío, blanco, inmenso en la lejanía de la mirada, del rincón pequeño empequeñeciéndose. Se inviste altiva, poderosa, inconmovible, cerrada. No hay aire en la presión que inspira. Horrores y desesperaciones de desvelos sin noches y sin días. Pérdidas que caen en el infinito blanco de los muros, de la inmensidad, del alma. Miedos que se agudizan; percepciones que horrorizan. La sensibilidad que se consume en vilo, en la tensión de las cansadas pupilas dilatadas que miran la puerta: cerrada. La noción del silencio, del vacío, de la nada y de la espera y la tiranía, encarnados en una puerta. Una negación de roble, mármol, papel, angustia y puntos suspensivos estancada e inmóvil como tradiciones ancestrales y prejuicios absurdos. Llegará la locura. La impasividad en la conducta de la puerta, su insensibilidad la provocarán. La angustia consumiendo la carne, los nervios, la última razón que se va y queda en la puerta, en los rastros de uñas, de gritos, de sangre, de lágrimas resecas desesperadas capaces de romper tímpanos, corazones y esperanzas, pero incapaces de conmover la soberbia cruel de la puerta. Por fin la percepción de un latido exaltado, de un borbotón de sangre que explota en las venas, un chillido en los oídos, la ceguera en los ojos junto al último suspiro de los pulmones crispados. Seres que estallan y desaparecen frente a las puertas cerradas.

sábado, 26 de abril de 2008

Cuento

Necrológicas
Los Hermanos

Aunque siempre fuimos los dos, él es mi hermano mayor: la suavidad de su mano es mi primer recuerdo, su olor. Él me cuida, me habla, me tranquiliza. Yo tengo miedo acá, solos los dos. Miedo porque no sé qué es este lugar, es cálido y no hay ruidos; es una sensación rara: por momentos estamos bien y por momentos parece que todo estallara. Pero, por suerte, está conmigo.
Él dice que no importa de dónde venimos, que lo importante es a donde vamos: a un lugar de leche y miel, tibio y muelle como éste, pero mejor. A mí me gusta donde estamos, está él. De a poco los ruidos llegan amortiguados y aquel dulce arrullo lo tranquiliza y eso es bueno. Es melodioso y sincero, alegre y nervioso a la vez, me gusta aquel sonido, aquella voz que se oye más fuerte y por sobre los otros ruidos. Hay otros ruidos fuertes y agresivos y no quiero hablar de esos, me dan miedo. Igualmente, me gusta donde estamos a pesar de los mareos, estamos juntos.
Él sabe algo, no lo dice para no preocuparme. Hay veces que siento como si absorbiera todo, como si se interpusiera al mareo y se lo tragara todo, impidiendo que me afecte. No sé qué pasa con él en esos momentos porque me escondo en su mano, sé que no le hacen bien. Pero pasa rápido y vuelve a ser como antes, aunque le recuperarse, lo veo sonreír y su mano se suaviza de nuevo, se tranquiliza.
Una vez me pegó, en uno de los mareos. Yo me quedé quieto, no entiendo porqué lo hizo pero después me agarra la mano y me sonríe y ya no me duele; es mi hermano mayor.
De a poquito me voy dando cuenta, con los mareos. A mí ya no me hacen tanto pero a él lo están lastimando, puedo sentirlo. Cuando empiezan es como si la cabeza estallara y quiero gritar y no puedo. A veces el lugar se enciende, quema, y el cuerpo arde como hervido, pero él no llora, para no asustarme; y de pronto, el frío nos congela, insoportable, y él me abraza para animarme. A veces se achica y nos oprime y ahí, él hace fuerza, para darme espacio; o sino se agranda y caemos y él me agarra fuerte la mano, a pesar del mareo.
Cada día esto se achica más y él está cada vez peor. Es por el mareo, seguro, pero su cara, y sobre todo su cara, se desdibuja, deforme. Está dura, rígida; solo sus ojos se mueven duros y rápidos, como si le costara verme. La voz ya no nos arrulla, está crispada y deforme, ya no es tan clara como antes. De a poquito me voy dando cuenta: él ya no es el mismo, ya no resiste. Pero aun así me agarra la mano y me sonríe, y la sonrisa nítida en su carita desdibujada: todo está bien, falta poco. Leche y miel. Me duermo con esas palabras que invento en aquella voz, canturreándolas, meciéndolas en mi cabeza, leche y miel.
Después de aquella luz intensa que se lo llevó de mi lado, los estruendos, los sacudones, los pulmones arden de frío, los ojos se calcinan, todo se aleja de mí, caigo y no tengo su mano. Lloro y grito para que me devuelvan al lado tuyo. Esos ruidos amortiguados de antes explotan en nuestros oídos, aquella luz tibia que nos llegaba nos quema ahora con su intensidad.
Y de pronto, todo se pone negro, pero ya no como antes: ahora es frío y duro y seco. Ahora estamos juntos pero él ya no me responde: está frío y duro y seco. No me sonríe y no entiendo. Leche y miel; le agarro la mano, para protegerme. Leche y miel.

miércoles, 9 de abril de 2008

puto, putas, putare, putavi, putatum

Puto el que lee esto
por Roberto Forntanarrosa

Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.
Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. "Puto el que lee esto", y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento..." Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.
Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf... el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. "Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos." Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.
El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. "Puto el que lee esto." Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.
"Es un golpe bajo", dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor -les contesto-, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: "Me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribía, no los molesto más con mi producción", no. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.
Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo. Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto. "Me voy, me muero, cagué la fruta -podría ser el postrer anhelo-. Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches." Que los quemen, qué tanto. Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro, señor lector. Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar cómo forrar una lata de bizcochos. Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos. Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y de esclarecimiento. Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podrían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Prilimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprescindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano.
Allí, a ese mar de palabras, adjetivos, verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones. Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva. Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno a una mesa de saldos o novedades con paso tardío, distraído, pasando apenas la yema de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acertado, una faja más prometedora. Finge. El lector finge. Finge erudición y, quizás, interés. Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea frívolamente el último best-seller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda. Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano.
Y el libro está solo, feroz y despiadadamente solo entre los tres millones de libros que compiten con él para venderse. Sabe, con la sabiduría que le da la palabra escrita, que su tiempo es muy corto. Una semana, tal vez. Dos, con suerte. Después, si su reclamo no fue atractivo, si su oferta no resultó seductora, saldrá de la mesa exclusiva de las novedades VIP diríamos, para aterrizar en algún exhibidor alternativo, luego en algún estante olvidado, después en una mesa de saldos y por último, en el húmedo y oscuro depósito de la librería, nicho final para el intento fracasado. Ya vienen otros -le advierten-, vendete bien que ya vienen otros a reemplazarte, a sacarte del lugar, a empujarte hacia el filo de la mesa para que te caigas y te hagas mierda contra el piso alfombrado.
No desaparecerá tu libro, sin embargo, no, tenelo por seguro. Sea como fuere, es un símbolo de la cultura, un icono de la erudición, vale por mil alpargatas, tiene mayor peso específico que una empanada, una corbata o una licuadora. Irá, eso sí, con otros millones, al depósito oscuro y maloliente de la librería. No te extrañe incluso que vuelva un día, como el hijo pródigo, a la misma editorial donde lo hicieron. Y quede allí, al igual que esos residuos radioactivos que deben pasar una eternidad bajo tierra, encerrados en cilindros de baquelita, teflón y plastilina para que no contaminen el ambiente, hasta que puedan convertirse en abono para las macetas de las casas solariegas.
De última, reaparecerá de nuevo, Lázaro impreso, en la mano de algún boliviano indocumentado, junto a otros dos libros y una birome, como oferta por única vez y en carácter de exclusividad, a bordo de un ómnibus de línea o un tren suburbano, todo por el irrisorio precio de un peso. Entonces, caballeros, no esperen de mí una lucha limpia. No la esperen. Les voy a pegar abajo, mis amigos, debajo del cinturón, justo a los huevos, les voy a meter los dedos en los ojos y les voy a rozar con mi cabeza la herida abierta de la ceja.
"Puto el que lee esto."
John Irving es una mentira, pero al menos no juega a ser repugnante como Bukowski ni atildadamente pederasta como James Baldwin. Y dice algo interesante uno de sus personajes por ahí, creo que en El mundo según Garp: "Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia". Buena, John, me gusta eso. Te están contando algo, querido lector, de eso se trata. Tu amigo Chiquito te está contando, por ejemplo en el club, cómo al imbécil de Ernesto le rompieron el culo a patadas cuando se puso pesado con la mujer de Rodríguez. Vos te tenés que ir, porque tenés que trabajar, porque dejaste la comida en el horno, o el auto mal estacionado, o porque tu propia mujer te va a armar un quilombo de órdago si de nuevo llegás tarde como la vez pasada. Pero te quedás, carajo. Te quedás porque si hay algo que tiene de bueno el sorete de Chiquito es que cuenta bien, cuenta como los dioses y ahora te está explicando cómo el boludo de Ernesto le rozaba las tetas a la mujer de Rodríguez cada vez que se inclinaba a servirle vino y él pensaba que Rodríguez no lo veía. No te podés ir a tu casa antes de que Chiquito termine con su relato, entendelo. Mirás el reloj como buen dominado que sos, le pedís a Chiquito que la haga corta, calculás que ya te habrá llevado el auto la grúa, que ya se te habrá carbonizado la comida en el horno, pero te quedás ahí porque querés eso que el maricón de John Irving decía con tanta gracia: querés saber cómo termina la historia, querido, eso querés.
Entonces yo, que soy un literato, que he leído a más de un clásico, que he publicado más de tres libros, que escribo desde el fondo mismo de las pelotas, que me desgarro en cada narración, que estudio concienzudamente cómo se describe y cómo se lee, que me he quemado las pestañas releyendo a Ezra Pound, que puedo puntuar de memoria y con los ojos cerrados y en la oscuridad más pura un texto de setenta y ocho mil caracteres, que puedo dictaminar sin vacilación alguna cuándo me enfrento con un sujeto o con un predicado, yo, señores, premio Cinta de Plata 1989 al relato costumbrista, pese a todo, debo compartir cartel francés con cualquier boludo. Mi libro tendrá, como cualquier hijo de vecino, que zambullirse en las mesas de novedades junto a otros millones y millones de pares, junto al tratado ilustrado de cómo cultivar la calabaza y al horóscopo coreano de Sabrina Pérez, junto a las cien advertencias gastronómicas indispensables de Titina della Poronga y las memorias del actor iletrado que no puede hacer la O ni con el culo de un vaso, pero que se las contó a un periodista que le hace las veces de ghost writer. Y no estaré allí yo para ayudarlo, para decirle al lector pelotudo que recorre con su vista las cubiertas con un gesto de desdén obtuso en su carita: "Éste es el libro. Éste es el libro que debe comprar usted para que cambie su vida, caballero, para que se le abra el intelecto como una sandía, para que se ilustre, para que mejore su aliento de origen bucal, estimule su apetito sexual y se encame esta misma noche con esa potra soñada que nunca le ha dado bola".
Y allí estará la frase, la que vale, la que pega. El derechazo letal del Negro Monzón en el entrecejo mismo del tano petulante, el trompadón insigne que sacude la cabeza hacia atrás y hacia adelante como perrito de taxi y un montón de gotitas de sudor, de agua y desinfectante que se desprenden del bocho de ese gringo que se cae como si lo hubiese reventado un rayo. "Puto el que lee esto." Aunque después el relato sea un cuentito de burros maricones como el de Platero y yo, con el Angelus que impregna todo de un color malva plañidero. Aunque la novela después sea la historia de un seminarista que vuelve del convento. Aunque el volumen sea después un recetario de cocina que incluya alimentos macrobióticos.
No esperen, de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar. Porque digo que es puto el que lee esto y lo sostengo. Y paso a contarles por qué lo afirmo, por qué tengo autoridad para decirlo y por qué conozco tanto sobre su intimidad, amigo lector, mucho más de lo que usted nunca hubiese temido imaginar. Sí, a usted le digo. Al que sostiene este libro ahora y aquí, el que está temiendo, en suma, aparecer en el renglón siguiente con nombre y apellido. Nombre y apellido. Con todas las letras y hasta con el apodo. A usted le digo.