
viernes, 25 de septiembre de 2009
Lo extraño...

jueves, 11 de junio de 2009
Tapien las ventanas!!!!!
- Lisa: mamaaaaá!!!!
Homero: cuál.... Lisa qué pasa???
-Lisa: Papá tuve una horrenda pesadilla
-Homero: ayy, nena, recuéstate y cuéntamelo todo
-Lisa: sé que es algo absurdo pero soñé que el coco venía por mí
-Homero: ahhh ¡¡¡¡el coco!!!! hay que tapiar las ventanas, voy por la escopeta.
Bart no quiero asustarte, pero tal vez el Coco esté en la casa.
-Bart: ahhhh!!!
(llega Marge del casino)
-Marge: Pero qué les pasó??
-Homero: ahh nada Marge solo un pequeño incidente con el COCO, pero no hubiese pasado nada si hubieras estado aquí para no dejarme comportar como un idiota.
Ahora, tapiaron las ventanas: no va más, a fumar afuera.
Se dice que la próxima medida sería pasar este video en los plasmas invisibles:
martes, 12 de mayo de 2009
La caja de Gran hermano
Lo que pasó esta semana
¿Ablativo en "e" o en "i"?
de Hebe Uhart
El profesor Bosset estaba cansado de enseñar latín. No estaba cansado del idioma en sí; había ido a España últimamente y había visto el "alta fagus" mencionado por Propercio, pero tenía setenta años y hacía cuarenta que enseñaba latín. Había un rigor, una contracción al estudio que los estudiantes iban perdiendo progresivamente; pero sobre todo, en los diez últimos años, ha¬bían ocurrido fenómenos nuevos en cuanto al aprendi¬zaje; no sólo los alumnos tenían dificultades en el apren¬dizaje del idioma; eso había sucedido siempre; ahora sucedía que los alumnos creían que un texto latino podía traer cualquier cosa; eso significaba que los alumnos no tenían la menor conciencia histórica y tampoco astucia y sensatez para darse cuenta de qué oraciones puede elegir un autor de textos para uso escolar.
Las frases que debían traducir, al comienzo de los estudios, eran de este tipo:
“Las hijas de los marineros les dan una corona de flo¬res a los hijos de los agricultores”.
“Oh, sierva diligente, prepara la comida para la buena señora”.
“Oh, agricultor, no mates esa paloma con tu flecha”.
En general, hasta aquí, el aprendizaje no presentaba dificultades. La verdad es que comentarios, tampoco. Nadie comentaba nada de las siervas, de los marineros ni de las hijas de los agricultores ¡Quién sabe dónde estarían!
Pero en segundo año había lecturas más amenas.
Una de ellas contaba cómo Flavio emprendió un viaje a la ciudad de Roma y vio todos los hermosos mo¬numentos y las construcciones notables que en ella había. La lectura termina así: “Flavio quedó impresiona¬do por la belleza de la ciudad”. Una alumna, en un exa men, tradujo así: “Toda la ciudad quedó impresionada por la belleza de Flavio”, y en vez de traducir “Flavio miraba todo” ella tradujo: “Todos lo miraban”.
El error más grave de esa alumna no consistía en la equivocación al traducir: consistía en que no tenía la menor noción de lo que puede ir en un libro de latín. Al profesor Bosset le pareció curiosa la traducción y cuando leyó eso dijo en tono histriónico:
–¡Qué curioso! ¡Qué curioso!
Pero a la señorita Danton no le pareció curioso; le pareció abominable. La señorita Danton formaba mesa de examen con el profesor Bosset y con su amiga y cole¬ ga más calificada aún que ella, la señorita Suárez. L a señorita Danton le gritó a la chica y la mandó a sentar; le dijo que no abriera más la boca.
La chica, ahí sentada, parecía que no iba a abrir la boca en su vida.
En cuanto al profesor Bosset, las dos profesoras pensaban que era un hombre abandonado, una especie de excéntrico que echaba por tierra todos los esfuer¬zos que ellas emprendían en pos de la enseñanza del latín. El profesor era director del departamento; él debía, convocar reuniones para el mejoramiento de la enseñanza, pero siempre las postergaba. Durante una semana, la señorita Danton lo corrió por los larguí¬ simos pasillos del colegio para obtener siquiera una reu¬ nión, aunque fuera breve, para plantear algunos proble¬ mas. El profesor Bosset decía:
– Mañana.
Siempre cordial, amable, decía: “Mañana, mi estima¬da señorita”. El le preguntaba a la señorita Danton cómo le había ido de vacaciones y qué tal andaban esos alumnos, como si fueran pícaros que la hacían renegar y a ella ese tono de voz le daba tanta rabia que la dejaba inmovilizada. Solo podía decir: “Quisiera una reunión para...” “¡Ah!” decía el profesor Bosset con entusias¬mo renovado, como si lo hubiera tenido en cuenta pero motivos misteriosos le impidieran hacerlo. Con una son¬risa la decía:
–Mañana.
La señorita Danton iba llena de furia a comentarle a su colega, la profesora Suárez, que el profesor Bosset era un cretino; la señorita Suárez no quería que le comentaran cosas obvias, ella jamás iba a pedirle una reunión al profesor Bosset.
La señorita Danton, llena de ira, anotaba en un cua¬derno todas las promesas incumplidas del profesor Bosset y también otros incumplimientos, como por ejemplo la vez que el profesor no tenía llave del salón de los mapas y la vez que hizo lo incalificable: el profesor Bosset arrancó dos hojas del libro de actas foliado y rubricado y pasó el contenido de esas hojas a otras. Eso fue tan terrible que la señorita Danton no creyó oportuno decirle nada, ni que hizo mal, ni nada. El concepto de las dos respecto del profesor se podía me¬dir por este episodio: antes del hecho sucedido con el libro de actas y después. Este hecho fue tan incalifi¬cable, que motivó el distanciamiento total de las dos. La señorita Danton decía:
–De él se puede esperar cualquier cosa. ´
La señorita Danton era alta y flaca; hubiera sido un caballero buen mozo del siglo XVIII. Recogía su pelo medio canoso con una hebilla y sus facciones eran pro¬minentes y esfumadas a la vez; tenía algo de cabra, algo de ave, sobre todo los ojos que eran brillantes como los de los pajaritos. Pero el pelo semicanoso esfumaba esa nariz y todos los rasgos. La señorita Danton empezó a comentar con otros profesores de latín el colmo que era el profesor Bosset; pero no podía emprender una acción conjunta con ellos porque ellos no eran personas muy consagradas al latín. Algo enseñarían, sí, pero vaya a saber qué nebulosas enseñaban.
De modo que la única colega a la que le tenía confianza era a la señorita Suárez, su amiga. Pero la señorita Suárez era una persona que había aprendido a no pedir peras al olmo; además sabía actuar sola en el momento preciso. Cuando la señorita Danton habló pestes del profesor Bosset delante de los otros profesorcitos de latín, uno de ellos dijo:
–Una, vez que tomé examen con él, le dijo a un alumno:
“Un ablativo en `e´ o en `i´
después de veinte años no nos importa
ni a ti ni a mí”
– ¡Qué increíble! –dijo la señorita Danton y ella tenía ganas de hacer un petitorio a las autori dades; porque se empieza confundiendo un ablativo, después se sigue con el mal uso del acusativo, ni qué hablar de la confusión que se puede armar con los fal¬sos imparisílabos. Nunca se atrevió “él” a decir seme¬jante cosa delante de “ellas”.
Ya se acercaba la fecha de exámenes. La señorita Danton y la señorita Suárez debían formar mesa examinadora con el profesor Bosset. Debían ser cuidado¬sas en el trato con él porque iban a presentar una queja a las autoridades. Era un día de otoño, de vientito fresco, de esos que predispone a buenos pensamientos e intenciones. Después de hablar largamente sobre el profesor Bosset, la señorita Danton, con voz de duda y como quien no quiere la cosa, le dijo a la señorita Suárez:
–¿No tendrá problemas en su casa?
La señorita Suárez sonrió sin decir nada. Esa sonrisa quería decir “no seas ingenua”.
Había en general dos teorías respecto de los pro¬blemas en la casa: una, que los problemas de la casa no se trasladan a la escuela, y otra, que el hombre es un continuum, una totalidad y por lo tanto no puede ser di¬vidido en compartimentos estancos. Y por último esta¬ban los súcubos e íncubos que no tenían casa o si la tenían, a eso no se le podía llamar casa, o tampoco tenían familia y si la tenían, a eso no se le podía llamar familia.
Y esta vez solo había tres alumnos para examinar.
–¡Tres nada más! ¡Han mandado tres nada más! –dijo la señorita Danton–. ¿Vos no mandaste?
–Sí –dijo la señorita Suárez–. Mandé estos tres. Fue una división muy capaz.
–Entonces –dijo la señorita Danton–, “él” no mandó a nadie.
Justo apareció “él”.
–Buen día, queridas señoritas. ¿Cómo han pasado las vacaciones?
–Buen día, profesor. ¿No hay ningún alumno suyo, verdad?
– No señorita, este año han trabajado maravillosamen te, si usted viera...
–Perfecto –dijo la señorita Suárez–. Eso queríamos saber. Y se pusieron a hacer las planillas. –Fui a España –dijo el profesor Bosset–. Y vi la “alta fagus”. Y recitó: “Alta fagumque,descendit submare trans oris Cuspide nuda, albis capellis". La señorita Danton se concentró en su planilla y en¬ rojeció; no levantó la vista. La señorita Suárez le dijo: –¡Qué bien! Siéntese, profesor. El se sentó, siempre animoso y pasó el primer alum¬no a examinar. Era una alumna, Marisa Gamora. Marisa parecía
despierta, sin pasarse de viva y parecía eficaz. Era una chica a la que uno instintivamente hubiera enviado a buscar un mapa entre muchos, y seguro lo traía. Además había algo de neto, limpio, en su aspecto y per¬sona: no despertaba ningún sentimiento profundo ni conflictivo; ni protección, ni bronca ni pena. Era una alumna confortable. Marisa empezó a declinar correc¬tamente, dijo los verbos con modosura, equivocándose por supuesto muy de vez en cuando en el acento de alguno y rectificando diligentemente ella misma cuando la profesora la corregía. Su traducción no era brillante, pero no había puesto ningún disparate.
La señorita Danton le dijo: –¿Y por qué te fuiste a examen? En primer año eras muy buena alumna. Marisa esbozó una sonrisita de circunstancia, agradable, como que ella no sabía y se mantuvo reticente y amable. El
profesor Bosset había adquirido una nueva costumbre: cuando Marisa decía un tiempo de verbo, al terminar, él decía: –¡Pero muy bien! ¡Pero muy bien! –Y cuando Marisa declinó “El buen cónsul” en singu lar y plural, el profesor Bosset volvió a repetir: –¡Pero vean qué bien! Como si se tratara de algo asombroso. La señorita Danton le echó una mirada terrible y él salió a ver si encontraba en otra aula de examen a un viejo colega que
había estado enfermo. Cuando él se fue, la señorita Danton le dijo a la señorita Suárez: –Marisa tuvo problemas en la casa. La madre es una loca. Por el tono de voz con que había dicho “loca”, la señorita Suárez sabía de qué locura se trataba. No era loca de la
cabeza, sino de otro lado. El segundo alumno era Martín Pertierra. De aspecto tranquilo, muy lindo chico. Un poquito sobrealimentado. Era demasiado lindo; iba a tener que demostrar que ha¬bía prestado tanta atención al latín como al jopo, por lo menos. El tradujo bien la fábula “La mosca vanido¬sa”. La mosca vanidosa se posaba en todos lados; ora en la cabeza de un pelado, ora en el altar de los dioses, ora en la mesa de los grandes festines. Se sentía dueña de todo y se lucía delante de la hormiga y la hormiga le dijo: “Yo soy dueña de lo mío, en cambio tú eres sierva porque te echan a servilletazos”. Entonces la mos¬ca vanidosa se mareó de tristeza y fue a caer a una va¬sija llena de merda. Martín tradujo todo bien, pero erró en el lugar donde cayó la mosca. Erró porque pensó que eso no correspondía a una versión latina. Entonces puso que la mosca cayó en una vasija de cobre. Por suer¬te y con ayuda de la señorita Suárez, se dio cuenta de dónde cayó la mosca, Dios lo ayudó, porque ya le estaban preguntando cómo buscaba él en el diccionario; y a cierta altura,
Danton empezó a pensar que el pelo de Martín estaba demasiado bien lavado y tenía unos reflejos dorados dentro del rubio, bien, podría ser del sol o de la playa. Cuando volvió el profesor Bosset de su visita,
El profesor Bosset se sentó; vino el cafetero y trajo café para todos. Y después del café vino el tercer alumno, Serafín Piana. –Acá estás mal anotado –dijo
Todos sabemos lo que es un cambio de voz en los adolescentes, pero esta voz estaba en carne viva. Cuando dijo Piana, sonrió con una risa abierta, confiada en la bondad humana y como era muy flaquito, los dientes parecían grandes y un poquito salidos. Tenía un tórax muy estrecho y el pecho poco desarrollado, y una acti¬tud tan tensa y expectante, que parecía que el desarrollo de su pecho dependía de él. Había tratado de dar la me¬jor impresión posible, y eso se veía en su pelo y en su saco. Se había cortado muy corto el pelo, según las nor¬mas del colegio, pero como era un cabello de rulitos tomados, tenía zonas de la cabeza que recordaban un monte devastado. El saco azul estaba recientemente lavado, pero tan lavado, que había virado a un violeta-¬lila. Uno se imaginaba, al ver ese saco de ese color y esa sonrisa tan confiada, dos cosas: o que Serafín había estado bajo la lluvia dos días seguidos, o que se había arrojado alegremente dentro de una gran fuente de ensalada de fruta, por ejemplo, para después tomarse el trabajo de limpiar el saco, posiblemente él, pero con¬tento, porque su placer se lo dio, con los resultados a la vista.
Parado frente a la mesa, miraba confiadamente, mien¬tras se retorcía las manos apoyándolas sobre el escritorio.
–Deje las manos en paz –dijo
Apoyó entonces sus largas manos huesudas entre¬ lazándolas y miró mansamente, esperando.
–Decline “La cigüeña veloz”.
–¿Cómo se dice “cigüeña”, por favor? Yo falté el día que enseñaron eso.
“Faltó” –pensó
Empezó a declinar bien, porque había estudiado mucho. El profesor Bosset, siguiendo la moda que ha¬ bía adquirido últimamente, le decía:
– ¡Pero, querido amigo, muy bien, muy bien! Como si esos conocimientos fueran asombrosos, Serafín apoyaba sus ojos en los del profesor. Cuando llegó al ablativo, se equivocó. Acá es preciso hacer una digresión. Acertar con un ablativo o acentuar debida¬ mente una palabra en latín tiene que ver con los cono cimientos teóricos, pero además con los buenos y sensatos pálpitos. Y los pálpitos
sensatos conducen en la vida a soluciones correctas y ponderadas de los problemas. Serafín seguía mirando con sus ojos bondadosos; lo miró al viejo profesor y éste dijo: –Querido amiguito: Un ablativo en "e" o en "i" después de veinte años no nos importa ni a ti ni a mí. ¡Para qué lo habrá dicho! Sérafín se rió, pero su risa era un poco descontrolada, sus ojos reían y miraba al viejo con
alegría de carenciado. La señorita Danton se puso roja; no podía hablar. Entonces empezó a preguntar con toda calma la
señorita Suárez. La señorita Suárez empezó a meterlo en honduras. Cuando el profosor Bosset vio que le preguntaban el verbo fere, fes, ferre, tuli, latum, dijo:
–Disculpen, señoritas, debo ir a secretaría. Se fue a tomar un poco de aire porque hacía mucho calor. Cuando Serafín vio que el viejo profesor se iba, lo siguió con la mirada hasta la puerta y se desconcentró de su objetivo: el verbo fero, fes, ferre, tuli, latum. Ese verbo es absolutamente
caprichoso e irregular, pero de un modo singular; dentro de lo caprichoso, tiene una perfecta coherencia. Serafín recordó que era irregular y sonrió con alivio, como si ya estuviera todo dicho; dijo:
–Es irregular. El pensaba que ese verbo, con ese enunciado tan volandero, era una curiosidad lingüística, algo absolutamente incontrolable.
–Conjúgalo –dijo la señorita Suárez en tono suave y alentador.
El no dijo nada. Se quedó quieto, callado y los ojos se le humedecieron apenas. Ejércitos de personas sabían conjugar el verbo fero, él no. Volvió el profesor Bosset, y Serafín lo miró con una última esperanza. Pero la señorita Danton comunicó: –No sabe los verbos irregulares. No podemos permitir que pasen sin saber los verbos irregulares. El profesor Bosset dijo rápidamente: –Ah, no, no, no, estoy de acuerdo con usted, señorita, no, no, no, no. Esto lo dijo en ese tono histriónico que últimamente solía usar. Entonces Serafín aprendió, además de que el verbo fero
se conjuga pese a ser irregular; aprendió que él era un desdichado, una especie de hoja en la tormenta. Lo aplazaron. El profesor Bosset se jubiló y lee a Hora¬cio debajo de la parra mientras mira de tanto en tanto el hormiguero. En cuanto a las señoritas, siguen enseñando latín.
miércoles, 6 de mayo de 2009
ahhhhhhhhhh...
(Advertencia: la ilustración de los baños discapacitados es bastante gráfica)
Austeros
En Rivadavia, los baños estaban sucios y llenos de agua en el piso. Acá están... mmm... igual.
En Rivadavia, te podía pasar que tenías que cursar en el aula 40 y tenías que subir tres pisos por escaleras o tomar un ascensor y subir un piso más. Acá, en cambio, podés subir hasta once por la escalera, o nueve por ascensor y dos más por la escalera.
En Rivadavia, había gente que no entraba en las aulas. Acá hay alumnos demás, que ya se van a ir yendo.
En Rivadavia, NO había una entrada para personas con dificultades motrices. Acá tampoco, pero qué lindo mármol, che!
En Rivadavia, los profesores no tenían sala de profesores. Acá tienen un hermoso y amplio cubículo, cómodamente ubicado en el piso nueve, y a la vista de todos, para que los veamos comer y sepamos bien qué hace cada profesor con el sueldo que "con nuestros impuestos pagamos".
En Rivadavia, pasaba que muchos ventiladores no andaban y, a veces, las puertas no cerraban. Acá, muy al contrario, uno puede ver cómo los ventiladores NUEVOS refrescan a las pobres ventanas en algunas aulas, y cómo relucientes manijas de picaportes caen, de obsoletas, porque, por algún extraño motivo, las puertas nunca cierran del todo.
En Rivadavia, te podía pasar que nunca sabías si el profesor con el que tenías que cursar estaba o no, porque, de repente, la gente de Bedelía no tenía ganas de anotarlo y uno, después de varios maltratos o de que lo ignoraran, ya no se calentaba en ir a preguntar. Acá, cuando falta un profesor, lo sabés al toque, no importa dónde estés, porque te lo gritan en cualquier momento los bedeles, felices con su nuevo chiche; y, si vas a preguntar, seguro te tratarán amablemente, o fingirán que están haciendo otra cosa en lugar de ignorarte descaradamente.
En Rivadavia, tenías que hacer largas colas en Secretaría, a veces en medio de la cursada de dos materias... uhhhh... Acá es más factible que las colas sean más cortitas, porque ni da bajar entre uno y nueve pisos para preguntar ni pedir nada.
Hasta la precariedad, siempre!
ilusos...
martes, 28 de abril de 2009
Olympikus
2. Belén Leoni*, quien le puso 15 minutos hoy.
3. Lila Petrella, con 5 minutos y un ataque de risa a la salida, el primer día de clases.
El primer puesto está difícil, pero a no acobardarse: el activismo vandálico de aes de anarquía, baños tapados y caca en las paredes no los va a dejar sin la oportunidad de demorarlos en el ascensor.
Los records de escaleras subidas, baños tapados, pintura a la caca, maltratos recibidos en bedelía, puteadas al edificio oídas, y escuchadas del altavoz de bedelía, próximamente.
*un poco de cosita poner mi caripela en bló, pero es documento testimonial.
miércoles, 22 de abril de 2009
que pongan esto en lugar de alta voz
martes, 21 de abril de 2009
this is >PRO!
No creo que haya mucho que decir además de que la ausencia de rampas es ILEGAL. Cabe preguntarse sí qué habilitación de un edificio Okm lo permite. Cabe preguntarse, también, si no es hora de invitar a Gabriela Michetti a pegarse una vueltita por el edificio:
"¿Una carrerita al séptimo, Gaby?"
domingo, 19 de abril de 2009
tránsito lento
Es increíble cómo toda la discusión acerca de las condiciones de cursada se canaliza a través de los baños, para romperlos o taparlos, o para decir cuán maravillosos, limpitos y nuevos son, frente a los que había en el edificio de Rivadavia. Romperlos es una pelotudez: a la dificultad que ya existe para transitar por el edificio
se le suma la gente que tiene que bajar hasta ocho pisos para ir al baño. Defender la mudanza del edificio solo con ese argumento es una pelotudez y es ridículo. Que lo único que se esté discutiendo en este momento es quién rompe los baños y quién los mantiene radiantes es pelotudo, ridículo e increíble. Obviamente, baños en condiciones mejoran la calidad de la cursada, pero a nadie se le ocurrió todavía pedir que cuiden las aulas; que cuiden a la gente que tiene cursar en el piso o fuera del aula; que cuiden a esa gente, que tiene que arreglárselas para salir de esas aulas cuando suena la alarma contra incendios. Evacuar se pone difícil en más de un sentido, pero el que parece realmente preocupante no tiene lugar a discusión (ni a mención) en ninguno de los mails que mandó el rector. Claro está que es más fácil perseguir a un par de boludos que no tenían otra cosa que hacer que ponerse a tapar inodoros. Es más fácil apuntar a dos o tres, escandalizarse, indignarse y retarlos... malos, malos, malos. El resto, los que cursamos todos los días apretados, los que tardamos cuarenta minutos para evacuar un edificio porque (evidentemente) la cantidad de gente supera a la que tendría que haber adentro, que se cague: tiene la cantidad de baños suficientes para hacerlo, aunque, bueno (eso también se le escapó al rector, ¡picarón!), el lunes algunos ya perdían agua; el miércoles, la mayoría, y en tres días ya no eran el paraíso de higiene y descarga que nos habían prometido.domingo, 12 de abril de 2009
miércoles, 8 de abril de 2009
llevate algo para leer, por las dudas
Si en cada turno cursan unos 1500 alumnos, y suponemos que unos 300 de esos cursan en los dos primeros pisos y no usan ninguno de los ascensores, tenemos unas 1200 personas para 3 ascensores –sin contar a los profesores.
Si contáramos con que entran 12 personas por ascensor, viajarían unas 400 en cada ascensor. Esto implicaría para cada ascensor, unos 33 viajes de ida y vuelta, aproximadamente. Si cada uno de esos viajes tardara unos 30 segundos entre la ida y la vuelta, el último contingente tendría que esperar unos 15 minutos para subir a su aula. Pero, hasta aquí, obviamos un dato no menor: cada viaje de ida y vuelta no implica solo la subida y la bajada, en el medio del viaje habrá gente que pretenderá subir o bajar antes de que el ascensor llegue al último piso, con lo que el último grupo de afortunados usuarios del ascensor tendrá que esperar casi media hora para viajar. ¿Tendrán en cuenta eso los profesores cuando uno llegue tarde? ¿O ni se darán cuenta, porque ellos también llegarán tarde?
Ahora, si siguiéramos la recomendación del rector (que no suban más de ocho personas al ascensor), ¿Cuánto tiempo tomará llegar al aula destino? Descontemos otra vez las 300 que se resignan a no usar el ascensor. Otra vez tendríamos 400 personas esperando el mismo ascensor, solo que ahora los últimos tendrían que esperar unos 49 viajes antes de poder realizar el suyo, esto es, sin interrupciones, unos 25 minutos, y, con ellas, casi 50.
Si tenemos en cuenta que, entre esas 8 personas, va a estar quien opere el ascensor, ahora tenemos que contar 58 viajes; unos 29 minutos de espera, si el ascensor nunca para en los pisos intermedios; y una hora, si sí lo hace.
Y confiemos en que las impresiones que muchos alumnos tuvimos de que el ascensor no daba para más de 6 personas con mochilas, incluido el operador, porque, en ese caso, la cantidad de viajes necesarios ascendería 80 y el tiempo de espera, en el mejor de los casos, subiría a 40 minutos y, en el peor, a 80.
Que sea un librito largo, mejor.
sábado, 21 de marzo de 2009
sábado, 7 de marzo de 2009
adelanto: el próximo folleto de la lista 8
1. Está reluciente: no hace falta mucha aclaración, porque se ve en la foto que está limpio y no hay carteles.
2. No hay lugar para el sector mate: la gente hippie y corta-calles no tiene lugar donde sentarse a tomar mate, ni mesas para escribir esos carteles que pegan por todos lados.
3. Hay un aula con tobogán: la gente con capacidades diferentes puede desempeñar una actividad acorde a sus necesidades, mientras los que sí tienen notebooks pueden tomar clases con el nivel académico que se merecen.
NO FINANCIADA POR NINGÚN PARTIDO POLÍTICO.
demasiado PRO
Matafuegos del séptimo piso del edificio de Ayacucho
viernes, 6 de marzo de 2009
qvidqvid hoc blogelli (esto de blogcito, 365 días después)
Saludos a todos,

miércoles, 2 de julio de 2008
hombres de negro y hombres amarillistas
PROTESTE YA (CQC)
DEPARTAMENTO DE INFORMÁTICA (... O CRÓNICA TV)
viernes, 16 de mayo de 2008
a la grande le puse "cuca"
Convocatoria: Limpieza de la biblioteca

Hace unas semanas, cuando la profe de Método II nos comentó que debíamos tener, para continuar la cursada, las correlativas metidas en mayo, comencé la recolección del material pertinente a la asignatura que debo, tarea heroica porque en biblioteca más del 70% de los libros no pueden consultarse, porque hubo ratas en las vacaciones y aún no se concreta la limpieza de los libros. ¿La solución? Bueno, la mía fue propiciarme el material en la biblioteca de Letras de Puán (por cierto, recomendable); pero ya que soy alumna del Joaquín intenté averiguar qué pasa con nuestra biblioteca, cuáles son las posibilidades de que volvamos pronto a poder proveernos de su material... y la respuesta fue... "quién sabe".
La gente de biblioteca me explicó que el ministerio manda una mujer una hora por semana para que realice la limpieza, y que por eso va muy lenta. Recomendó que escribiéramos una carta y la remitiéramos a rectoría, que juntáramos firmas. Me pareció buena idea, pero ellos mismos, los empleados de biblioteca, comentaron que habían hecho todo lo posible dentro del marco burocrático de la gestión (por cierto, me pregunté: ¿por qué la gente de biblioteca no pudo comenzar a juntar firmas desde la biblioteca? ¿las iniciativas sólo deben ser de los alumnos o los profesores? tal vez peco de ignorante: ¿su trabajo estará amenazado si tienen iniciativas de ese tipo?). Pregunté por qué no pueden obtener un permiso y limpiar los libros por ellos mismos, y me dijeron que en realidad no les corresponde, que hay gente a la que se le paga para hacer eso, que bastante tienen con tener que limpiarse los pisos. Y hasta me comentaron (y me mostraron) que tienen una persiana caída desde hace tres meses (con lo cual no gozan de luz natural en ese sector) y que están esperando que vayan a arreglársela.
¿Por qué nadie en el rectorado puede conseguir una gestión positiva para la solución de este problema, algo que para los alumnos es elemental? Es un poco más de los mismo de siempre. Y ¿por qué no tener la idiosincracia de conseguir un permiso y hacerlo por sí mismos los muchachos de biblioteca? Porque están cansados de que esto ocurra. Es muy entendible. Igual, yo siento que mi cansancio nunca se interpondría ante la necesidad de mis alumnos (compañeros, en mi caso) de consultar libros, o la necesidad de tener luz para ver (pero así soy yo, no puedo pretender que todos piensen igual).
Luego de hacer unas consultas, me encontré por casualidad con la profesora Salzmann, quien me explicó que ella obtuvo el permiso del rectorado para hacer la limpieza de biblioteca y hacerse responsable por los alumnos que la acompañen. Así que sólo resta convocar a los alumnos que puedan participar de esta iniciativa. Salvo que nos enteremos de que ya se ha realizado, la haremos el primer jueves después de la semana de finales, y la idea es que cada uno sólo esté tres horas, es decir que se hagan varios turnos a lo largo de la jornada (y que cada uno tome el más conveniente para sí). Lógicamente, cuantos más seamos, más libros se podrán limpiar. La profesora Salzmann se encargará de que tomemos las medidas de higiene necesarias para estar protegidos. La fecha es posterior a los exámenes por el apremio de muchos por estudiar y por no crear confusiones respecto de los intereses sobre este tema.

Por mi parte, estoy intentando dialogar además con los chicos del Centro de Estudiantes para que organicen la recolección de firmas sugerida por biblioteca (y así hacer un doble intento), ya que creo que ellos deben ser partícipes de este tipo de iniciativas y estar atentos a necesidades que nos son tan primarias. Y claro, ellos tienen más cancha para esas gestiones.
Espero repuestas y comentarios en mi casilla o personalmente; les ruego que pensemos en todos los compañeros, los que no pueden comprar apuntes, los que pasan el día en el profesorado para no volverse a sus casas porque viven lejos, en todos nosotros. Podemos hacer algo positivo, y no es por ansiedad, sino por el bien de la comunidad.
Un saludo!
Susana Coliva
susibe76@gmail.com
(quienes estén dispuestos a colaborar, mandele un mail a ella o a mí, homero.ama.a.jebus@gmail.com)

